Durante años hemos utilizado turismo y turístico como si fueran prácticamente lo mismo. Hablamos de actividad turística, servicios turísticos, destinos turísticos, empresas turísticas y desarrollo turístico sin detenernos demasiado en la diferencia; sin embargo, cuando observamos lo que ocurre en los territorios, esa distinción deja de ser solamente conceptual y comienza a mostrar una manera bastante particular de entender la actividad.
Lo turístico suele aparecer asociado con aquello que hemos construido para atender al visitante: hoteles, restaurantes, agencias, operadores, recorridos, transporte, establecimientos de alimentos y bebidas, experiencias comercializadas y una serie de servicios que permiten que alguien llegue, permanezca, consuma y finalmente se marche. Todo ello es necesario, genera empleos, moviliza recursos y sostiene una parte importante de la actividad, pero reducir el turismo a esos componentes sería aceptar que existe únicamente cuando alguien compra algo.
El turismo es bastante más incómodo de delimitar.
Ocurre en un territorio donde ya existían personas antes de que llegara el visitante, utiliza calles que no fueron construidas exclusivamente para recorrerlas, incorpora alimentos que forman parte de prácticas familiares, convierte paisajes cotidianos en atractivos, entra en mercados, barrios y comunidades, modifica precios, genera oportunidades y también tensiones; por eso hablar de turismo obliga a incluir a quienes viven ahí, aunque nunca trabajen en un hotel, jamás vendan una experiencia y no tengan intención alguna de convertirse en prestadores de servicios.
El problema comienza cuando lo turístico ocupa prácticamente toda la discusión sobre el turismo.
Revisemos muchas de las decisiones que se toman para fortalecer un destino. ¿A quién capacitamos?, ¿a quién invitamos a las reuniones?, ¿quién recibe distintivos?, ¿con quién diseñamos rutas?, ¿quién aparece en los eventos de promoción?, ¿a quién preguntamos qué necesita el turismo? Con demasiada frecuencia terminamos alrededor de la misma mesa con hoteleros, restauranteros, operadores, funcionarios y empresarios, actores indispensables, por supuesto, aunque claramente insuficientes para representar todo aquello que ocurre cuando un territorio recibe visitantes.
¿Dónde queda quien vive en la calle que comenzó a llenarse de alojamientos temporales?, ¿la cocinera que prepara un alimento que después alguien convierte en experiencia gastronómica?, ¿el campesino cuyo paisaje utilizamos para construir una ruta?, ¿el artesano al que buscamos cuando necesitamos mostrar identidad?, ¿la persona que habita alrededor de un atractivo y convive diariamente con vehículos, ruido o visitantes?
Ellos también forman parte del turismo aunque administrativamente resulte más difícil colocarlos dentro de una categoría.
Ahí encuentro una de las exclusiones menos discutidas de nuestra actividad, hemos construido instrumentos capaces de identificar con enorme precisión habitaciones, establecimientos, llegadas, ocupación, gasto y número de visitantes, mientras seguimos teniendo dificultades para reconocer a quienes participan del turismo sin formar parte de su estructura empresarial; sabemos cuánto creció la ocupación hotelera, pero resulta bastante más difícil responder cuánto de ese crecimiento permaneció en el territorio, quién tomó las decisiones o qué actividades locales fueron desplazadas para hacerlo posible.
No se trata de enfrentar comunidad y empresa.
Un destino necesita alojamiento, alimentos y bebidas, operadores, transporte e inversión; cuestionar la reducción del turismo a estos componentes no significa desconocer su importancia, significa reconocer que prestar servicios al turista y gestionar el turismo son cosas diferentes.
La primera responde principalmente a las necesidades del visitante y a la operación de las empresas que lo atienden. La segunda tendría que preguntarse qué ocurre con el territorio antes, durante y después de esa visita, quién obtiene beneficios, qué costos aparecen, cuáles actividades se fortalecen, qué se transforma y hasta dónde una comunidad está dispuesta a permitir que el turismo intervenga en su vida cotidiana.
Esta diferencia se vuelve todavía más visible cuando hablamos de turismo comunitario. Con demasiada facilidad llegamos a una localidad, identificamos aquello que podría interesarle al visitante y comenzamos a pensar en cabañas, recorridos, alimentos, talleres, senderos o experiencias; después capacitamos a la población para prestar esos servicios y celebramos que la comunidad quedó incorporada al turismo.
Pero habría que preguntarnos algo anterior: ¿la comunidad quería ese turismo y pudo decidir cómo debía ocurrir?
Una comunidad no se vuelve protagonista porque atienda turistas. Puede cocinar para ellos, guiarlos, alojarlos, venderles artesanías y continuar ocupando el último lugar en las decisiones importantes; si otros determinaron qué debía ofrecer, cómo tenía que organizarse, cuánto debía cobrar o qué parte de su cultura podía convertirse en experiencia, lo que conseguimos fue incorporar habitantes a la prestación de servicios, no necesariamente construir turismo desde el territorio.
Esta confusión también explica por qué algunos proyectos parecen exitosos desde los indicadores tradicionales mientras dejan preguntas difíciles cuando uno se acerca a las comunidades. Puede aumentar el número de visitantes y crecer la oferta de servicios sin que exista mayor capacidad local para decidir sobre el rumbo de la actividad; incluso puede incrementarse la derrama económica mientras una parte considerable termina fuera del lugar donde ocurre la experiencia.
Por eso necesitamos recuperar el turismo de aquello que hemos reducido a lo turístico, no para excluir hoteles, restaurantes, operadores o empresarios de la discusión, sería tan absurdo como excluir a las comunidades, sino para devolverlos a una estructura mucho más amplia donde también existan territorio, sociedad, gobierno, ambiente, cultura, actividades productivas y relaciones de poder. El turismo no sucede encima de un territorio vacío esperando ser aprovechado, llega a lugares que ya tienen historia, conflictos, necesidades, conocimientos y formas propias de organizarse.
Tal vez ahí debamos cambiar algunas preguntas.
En lugar de comenzar siempre por qué podemos ofrecerle al turista, podríamos preguntar primero qué quiere conservar la comunidad, qué está dispuesta a compartir y bajo qué condiciones; después tendrá sentido hablar de experiencias, productos, servicios, promoción y mercados.
La diferencia no es menor, durante mucho tiempo hemos intentado incorporar a las comunidades a la actividad turística. Quizá llegó el momento de hacer exactamente lo contrario: incorporar el turismo a las decisiones de las comunidades.
Entonces podremos dejar de pensar únicamente en cómo atender mejor al visitante y mejor preguntarnos, cuánto de ese turismo permanece realmente en la comunidad y mejora la vida de quienes lo habitan.