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Cuando el gobierno necesita a un magnate para rescatar el corazón de Puebla

En COLUMNAS Luis Fernando Salazar Monsalve

Hay algo profundamente extraño en la manera en que estamos celebrando la llegada de Carlos Slim al Centro Histórico de Puebla. El empresario, a través de Grupo Carso, adquirió parte de Paseo de San Francisco y un inmueble aledaño, mientras desde el Ayuntamiento se ha señalado que la inversión en la zona podría alcanzar alrededor de 3 mil millones de pesos, entre adquisición y adecuaciones; los detalles del proyecto todavía no se han presentado de manera completa, aunque ya se habla de un desarrollo de usos mixtos que podría combinar comercio y vivienda y cuya intervención comenzaría en los próximos meses.

La noticia ha sido recibida prácticamente como una buena nuev; habrá inversión, empleos, actividad comercial y, según el discurso oficial, una nueva oportunidad para recuperar una zona que durante años ha perdido visitantes y negocios. El propio Ayuntamiento ha dejado claro que facilitará los permisos necesarios para que Grupo Carso pueda desarrollar el proyecto, bajo la idea de que la llegada de capital privado representa una oportunidad para reactivar la economía de la ciudad.

Pero hay una pregunta que parece incómoda y que, precisamente por eso, deberíamos hacernos antes de aplaudir: ¿por qué necesitamos esperar a que llegue uno de los hombres más ricos de México para imaginar que el corazón histórico de Puebla puede tener futuro?

Paseo de San Francisco no apareció ayer en el mapa de la ciudad. El complejo fue concebido como parte de un proceso de recuperación urbana y se encuentra en una zona que concentra una enorme carga histórica, arqueológica y cultural, vinculada con los barrios fundacionales y con distintas etapas de la construcción de Puebla; sin embargo, con el paso de los años el proyecto comercial perdió dinamismo, aparecieron locales vacíos y la afluencia dejó de responder a las expectativas que alguna vez se depositaron en este espacio.

Y aquí comienza la parte que debería preocuparnos.

Durante años hemos hablado de revitalizar el Centro Histórico, de recuperar inmuebles, de atraer visitantes, de fortalecer el turismo y de generar nuevas inversiones, pero cuando una zona comienza a deteriorarse parece que la respuesta institucional termina siendo esperar a que aparezca alguien con suficiente capital para resolver aquello que las políticas públicas no pudieron sostener. Ahora ese alguien tiene nombre y apellido, y su presencia permite que el problema parezca tener solución casi automáticamente.

No tengo nada en contra de que Carlos Slim invierta en Puebla. Al contrario, una inversión de esta magnitud puede generar empleos, recuperar espacios deteriorados y devolver actividad económica a una zona que evidentemente necesita atención. El problema aparece cuando confundimos inversión privada con política urbana, porque una cosa es que un empresario decida colocar su capital en un territorio y otra muy distinta que el futuro de un espacio patrimonial termine dependiendo de lo que resulte rentable para ese capital.

Puebla debe tener cuidado con esa diferencia.

Porque el Centro Histórico no es una plaza comercial gigantesca, no es un terreno disponible para maximizar su valor inmobiliario, tampoco es un escenario construido para que el turista llegue, consuma y se marche. Es un territorio habitado, recorrido y utilizado diariamente por personas que han construido relaciones económicas, sociales y culturales con sus calles, sus barrios y sus inmuebles.

Por eso resulta insuficiente preguntar cuánto dinero llegará. También habría que preguntar qué tipo de ciudad estamos construyendo con ese dinero y quién podrá disfrutarla cuando termine la transformación.

Las versiones que circulan apuntan hacia un complejo de usos mixtos, con espacios comerciales y vivienda, incluso bajo una lógica que algunos medios han comparado con Plaza Carso en Ciudad de México; sin embargo, los detalles todavía son preliminares y será necesario esperar la presentación formal del proyecto para conocer sus alcances reales.

Precisamente por eso este es el momento de preguntar, no cuando las obras estén terminadas.

Porque si el nuevo proyecto consigue recuperar la actividad comercial, pero las rentas aumentan hasta expulsar a pequeños comerciantes, si aparecen nuevos negocios mientras desaparecen los establecimientos que durante años dieron vida cotidiana al barrio, si se construye vivienda pensada para determinados sectores económicos y el espacio termina orientándose hacia consumidores con mayor capacidad adquisitiva, entonces podríamos estar frente a una transformación muy distinta de la que hoy se presenta como rescate.

No afirmo que eso vaya a ocurrir. Sería irresponsable hacerlo cuando ni siquiera conocemos todavía el proyecto completo. Lo que sí podemos afirmar es que la experiencia de otras ciudades demuestra que la recuperación de espacios centrales puede convertirse en un proceso de revalorización inmobiliaria que termina desplazando actividades y poblaciones, por lo que Puebla no debería esperar a que aparezcan las consecuencias para comenzar a discutirlas.

Y aquí el gobierno tiene una responsabilidad enorme.

No puede limitarse a entregar permisos, celebrar la inversión y esperar que la derrama económica haga el resto. Si el Ayuntamiento considera que la llegada de Grupo Carso representa una oportunidad histórica para el Centro Histórico, entonces también debería aprovecharla para construir una estrategia urbana mucho más amplia, una donde participen los habitantes, comerciantes, trabajadores, especialistas en patrimonio, universidades y organizaciones locales, porque el desarrollo de una ciudad no puede definirse únicamente desde una oficina pública ni desde una mesa empresarial.

El capital privado puede comprar inmuebles, pero no debería comprar el derecho a decidir qué ciudad queremos.

Esa discusión es todavía más importante porque estamos hablando de una zona patrimonial. La riqueza de San Francisco no está únicamente en lo que pueda construirse encima o alrededor de sus edificios, sino en la historia que permanece debajo, en sus barrios, en sus calles, en sus relaciones sociales y en la memoria urbana que hace que ese espacio sea Puebla y no cualquier otro lugar.

De poco serviría recuperar una plaza si para hacerlo terminamos produciendo un espacio desconectado de la ciudad que lo rodea.

Tampoco podemos olvidar algo que los discursos de inversión suelen dejar en segundo plano: los espacios no fracasan únicamente porque les falte dinero. Paseo de San Francisco ya tuvo una intervención importante y durante años contó con comercios, servicios y atractivos suficientes para funcionar como un punto relevante de la ciudad; hoy enfrenta desocupación y baja afluencia, una situación que obliga a preguntarnos qué falló en el modelo anterior y qué garantías existen de que una nueva inversión no repita las mismas contradicciones con una arquitectura más moderna

Tal vez esa sea la pregunta que nadie quiere formular.

¿Cuántas veces tenemos que rescatar el mismo espacio antes de reconocer que el problema no está solamente en los edificios?

Un Centro Histórico vivo necesita mucho más que inversiones millonarias; necesita seguridad, movilidad, vivienda, comercio local, espacios públicos cuidados, infraestructura adecuada, actividades culturales, accesibilidad y políticas capaces de vincular a quienes viven en el territorio con quienes llegan a visitarlo. Necesita también turismo, pero un turismo que no convierta al Centro Histórico en una escenografía de consumo mientras la vida cotidiana desaparece lentamente de sus calles.

Y eso no lo puede resolver Carlos Slim, tampoco debería pedírsele, eso corresponde al gobierno.

Por eso resulta paradójico que hoy celebremos que un empresario tenga la capacidad económica para hacer aquello que durante años debió formar parte de una política pública sostenida. La inversión de Slim puede ser una oportunidad extraordinaria para Puebla, pero también puede convertirse en una nueva prueba para las autoridades: demostrar si tienen la capacidad de gobernar el proceso o si simplemente van a observarlo desde la barrera mientras el mercado decide cómo será el próximo Centro Histórico.

Porque si el proyecto logra recuperar San Francisco sin desplazar su identidad, integrar a los comerciantes locales, proteger el patrimonio, generar empleo digno, mejorar el espacio público y devolverle vida cotidiana a la zona, estaremos ante una verdadera oportunidad para Puebla.

Pero si la recuperación termina reducida a nuevos comercios, departamentos y consumidores con mayor poder adquisitivo, entonces quizá tendremos que aceptar una realidad incómoda: no habremos recuperado el corazón de Puebla, simplemente habremos encontrado una nueva manera de hacerlo rentable.

Y entonces la pregunta dejará de ser cuánto invirtió Carlos Slim.

La verdadera pregunta será: ¿para quién recuperamos Puebla?


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