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Vicente Quirarte: despertar entre la memoria, la ciudad y las palabras

En CAMALEONES
  • El poeta, narrador, dramaturgo, cronista e investigador murió a los 72 años en la Ciudad de México. Su obra hizo de la literatura una forma de recorrer la ciudad, preservar la memoria y dialogar con el tiempo. Entre sus últimos ecos queda también la poesía, esa manera suya de mirar lo que permanece cuando todo parece haberse ido.

PUEBLA.— Hay escritores que construyen su obra como quien levanta una casa, otros parecen caminar por una ciudad y recoger, a su paso, fragmentos de memoria, voces, edificios, derrotas y fantasmas. Vicente Quirarte perteneció a estos últimos.

Poeta, narrador, dramaturgo, cronista, ensayista e investigador, murió el martes 11 de agosto en la Ciudad de México, a los 72 años. Con su partida se va una de las voces más reconocibles de la literatura mexicana contemporánea, pero queda una obra que durante décadas encontró en la ciudad y en la memoria una materia inagotable.

El Colegio Nacional, institución a la que ingresó en 2016, confirmó su fallecimiento y destacó su legado en las letras mexicanas e iberoamericanas. Asimismo, la Academia Mexicana de la Lengua y la Universidad Nacional Autónoma de México, dos instituciones fundamentales en su trayectoria, también lamentaron su muerte.

Quizá uno de los mejores modos de despedirlo sea volver a sus propios versos. En Entonces despertar, Quirarte escribió:

“Entonces despertar
músico sin partitura
en la orquesta incesante de relojes
que dilatan al tiempo por el pulso
y roban
todo lo que antes del sueño respiraba.”

En esos versos hay algo de la condición que acompañó su escritura: el tiempo como una presencia inevitable, la memoria como resistencia y la palabra como ese intento de recuperar aquello que el paso de los años parece dispuesto a llevarse.

Entre la literatura y la ciudad

Vicente Quirarte Castañeda nació el 19 de julio de 1954 en la Ciudad de México. Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde también obtuvo la maestría en Letras Hispánicas y el doctorado en Literatura Mexicana.

Su trayectoria literaria comenzó en 1979 con Teatro sobre el viento amado, poemario reconocido con el premio Punto de Partida de la UNAM. Desde entonces, su escritura transitó por la poesía, la narrativa, el ensayo, la crónica y el teatro.

Recibió, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Poesía Joven de México Francisco González León por Vencer a la blancura; el Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas por El azogue y la granada: Gilberto Owen en su discurso amoroso; el Premio Xavier Villaurrutia por El ángel es vampiro; el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde y el Premio Universidad Nacional.

En 2024 recibió el Premio Nacional de Artes y Literatura.

Pero su relación con las letras nunca se limitó a escribir. Desde 1987 impartió clases en la UNAM en licenciatura, maestría y doctorado. También fue profesor y conferencista en distintas instituciones de México y el extranjero.

Su trayectoria universitaria incluyó además cargos como la dirección general de Publicaciones de la UNAM, la dirección del Instituto de Investigaciones Bibliográficas y su participación en la Junta de Gobierno de la Universidad.

En 2003 ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua y en 2016 a El Colegio Nacional.

Su trabajo académico estuvo particularmente ligado a la investigación bibliográfica, la hemerografía de los siglos XIX y XX y la edición crítica de autores mexicanos.

La memoria como territorio

La Ciudad de México fue, quizá, uno de los grandes territorios de su literatura. Quirarte la recorrió desde los libros y desde sus calles, buscando en sus edificios, personajes y episodios una forma de entender el país y también de entenderse a sí mismo.

En sus textos convivieron la historia literaria, la memoria urbana y la imaginación. La ciudad dejó de ser únicamente escenario para convertirse en personaje, archivo y territorio de la memoria.

Esa preocupación por lo que permanece también aparece en Entonces despertar:

“Red inútil, la memoria,
para guardar los pájaros que vuelan de mi boca.”

Y después:

“No importa ya el castigo
para el guardián borracho o el cocodrilo ausente
que descuidaron puerta y foso.
Consumada la traición,
somos caminantes ciegos en bosques de campanas
mudas a fuerza de olvido.”

La literatura de Quirarte parece habitar entre lo que se recuerda y lo que está a punto de desaparecer. Por eso su muerte no sólo representa la pérdida de un escritor, también significa la partida de un intelectual que durante décadas hizo de la transmisión del conocimiento una forma de trabajo y de la literatura una manera de conservar aquello que el tiempo insiste en borrar.

Al final de Entonces despertar, escribe:

“El aire se eriza de un áspero silencio.
Herido, a medias alas, nace el canto,
y ahora el más fiel sepulturero
en duelo del niño derrotado.”

Queda el canto y los libros, queda la ciudad que tantas veces recorrió con la mirada y convirtió en literatura. Y queda también la memoria, esa red que, aunque parezca inútil, a veces consigue atrapar lo que el tiempo se empeña en llevarse.

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