Hace algunos días leí con preocupación una entrevista en la que se informaba que cerca de 200 comercios habían cerrado sus puertas en el Centro Histórico de Puebla durante 2026. La noticia llamó mi atención no solamente por la cifra, aunque perder alrededor de 200 establecimientos de un universo cercano a 10 mil tampoco es un asunto menor; entre quienes bajaron la cortina aparecen negocios de alimentos, ropa, calzado y productos tradicionales, precisamente mientras el propio Centro Histórico atraviesa una transformación donde las actividades vinculadas con el turismo adquieren cada vez mayor presencia.
La primera reacción podría ser bastante sencilla, algo estamos haciendo mal; doscientos negocios menos significan empleos perdidos, familias afectadas y locales vacíos, por lo tanto habría que encontrar responsables y evitar que siga ocurriendo; sin embargo, después de pensarlo un poco, quizá tampoco deberíamos apresurarnos a lamentar cada cierre como si cualquier establecimiento tuviera que permanecer abierto para siempre, porque las ciudades cambian, las personas consumimos de manera diferente y los negocios, nos guste o no, también necesitan transformarse.
Hasta ahí no encuentro demasiado problema, lo que sí me preocupa es a qué les estamos pidiendo que se adapten.
El Centro Histórico que conocimos hace veinte o treinta años no es el mismo que tenemos frente a nosotros. Sus calles reciben turistas, excursionistas, estudiantes, trabajadores, residentes y consumidores con intereses muy diferentes, mientras hoteles, restaurantes, experiencias, establecimientos gastronómicos y negocios dirigidos al visitante encuentran nuevas oportunidades; sería absurdo pedirle a un comerciante que ignore esas transformaciones y continúe haciendo exactamente lo mismo mientras su mercado desaparece frente a sus ojos.
Adaptarse no debería parecernos una mala palabra; si una fonda necesita modificar horarios, mejorar su servicio o construir una experiencia alrededor de la cocina poblana, tendría sentido hacerlo; si un establecimiento tradicional encuentra en los visitantes un mercado dispuesto a valorar aquello que durante años ha vendido a los poblanos, mejor todavía, porque el turismo puede abrir posibilidades para negocios que quizá nunca imaginaron que sus productos, conocimientos o historias podían formar parte de la experiencia de quien visita la ciudad.
El problema aparece cuando adaptarse deja de ser una posibilidad y comienza a convertirse en una condición para permanecer.
Quizá esa transformación que durante mucho tiempo observamos lentamente ahora está ocurriendo frente a nosotros con mayor rapidez de la que imaginábamos, y no necesariamente tiene que ser negativa, un Centro Histórico con restaurantes, hoteles, cafeterías, artesanías, recorridos, experiencias gastronómicas, museos y establecimientos vinculados con el turismo puede generar empleos y oportunidades económicas; lo preocupante comenzaría si para construirlo necesitamos ir eliminando poco a poco todo aquello que no encuentra una relación directa con el visitante, porque entonces ya no estaríamos hablando solamente de una transformación comercial, estaríamos modificando para quién funciona el corazón de Puebla.
Pensemos por un momento en algo bastante cotidiano; una zapatería no constituye por sí misma patrimonio cultural, tampoco una tienda de ropa merece permanecer abierta simplemente porque lleva décadas ocupando el mismo local; pero cuando desaparecen sucesivamente zapaterías, papelerías, ferreterías, fondas, tiendas familiares y otros establecimientos utilizados principalmente por la población local, mientras en esos espacios comienzan a funcionar negocios diseñados para quien permanecerá unas cuantas horas o algunos días en la ciudad, algo más profundo está ocurriendo aunque las cortinas vuelvan a levantarse.
El local sigue ahí, la función del territorio cambió.
Entonces quizá no sea suficiente decirles a los comerciantes que se reinventen, porque reinventarse para el turismo tampoco garantiza sobrevivir; podemos llenar las calles de visitantes y seguir teniendo negocios con dificultades para vender, una persona caminando por el Centro Histórico no necesariamente representa consumo y mucho menos garantiza que aquello que gasta termine distribuido entre los pequeños establecimientos; contar visitantes es relativamente sencillo, entender quién captura ese dinero, cuánto permanece realmente en Puebla y quiénes consiguen beneficiarse de su circulación resulta bastante más incómodo.
Ahí es donde la política turística tendría que comenzar a hacerse preguntas diferente; durante años hemos celebrado el incremento de visitantes, la ocupación hotelera y la derrama económica como señales casi inequívocas de éxito, pero pocas veces relacionamos esas cifras con la permanencia del comercio local; si el turismo crece y simultáneamente determinados negocios desaparecen, entonces deberíamos preguntarnos por qué una actividad presentada como generadora de oportunidades no consigue distribuirlas de manera suficiente entre quienes ya estaban ahí.
No todos los comercios que cerraron lo hicieron por las mismas razones y tampoco sería justo pensar que detrás de cada cortina abajo existe un comerciante que se negó a cambiar. Habrá negocios que perdieron clientes, otros que ya no pudieron sostener una renta, algunos que enfrentaron durante años el comercio informal o las dificultades para recibir mercancía y seguramente también habrá quienes simplemente llegaron al final de su ciclo; reducir historias tan distintas a la idea de que faltó innovación nos impediría entender qué está pasando realmente en el Centro.
Hay además algo que no deberíamos perder de vista. Buena parte de quienes visitan Puebla llegan justamente porque esperan encontrarse con una ciudad distinta a la suya, quieren caminar por sus calles, probar su comida, conocer sus edificios y descubrir aquello que todavía conserva un carácter propio; sería extraño entonces transformar poco a poco esos mismos espacios hasta hacerlos parecerse a cualquier otro corredor turístico.
Tampoco se trata de conservar cada negocio por nostalgia. Un establecimiento que dejó de funcionar tendrá que cambiar y posiblemente algunos desaparecerán, eso forma parte de cualquier ciudad; mi preocupación va por otro lado, porque si solamente consiguen permanecer aquellos comercios capaces de responder al consumo turístico, entonces vale la pena preguntarnos qué ocurrirá con todos los demás y, sobre todo, con las personas que todavía acuden al Centro para comprar, trabajar, estudiar, comer o resolver asuntos completamente ajenos al turismo.
Ahí está, para mí, una discusión que no deberíamos dejar pasar. Puebla necesita que sus comercios encuentren nuevas oportunidades en el turismo, pero no necesita que todos terminen convirtiéndose en comercios para turistas.
Quizá una fonda no necesite cerrar para que aparezca una experiencia gastronómica, puede convertirse en ella; una dulcería tradicional no necesita transformarse en una tienda genérica de recuerdos para relacionarse con el visitante, puede contar la historia de aquello que produce; un mercado tampoco necesita expulsar su actividad cotidiana para convertirse en atractivo turístico, precisamente esa cotidianidad puede ser aquello que resulte interesante para quien realmente desea conocer Puebla.
Ahí existe una oportunidad que todavía no estamos aprovechando suficientemente: integrar el comercio tradicional al turismo en lugar de sustituirlo por comercio turístico.
La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente el modelo. En el primero, el turismo encuentra una ciudad viva y contribuye a sostener algunas de sus actividades; en el segundo, la ciudad comienza a reorganizarse para responder a las expectativas del visitante, uno incorpora al turismo dentro del territorio mientras el otro termina acomodando el territorio alrededor del turismo.
Por eso aquellos 200 comercios deberían preocuparnos, aunque quizá no por las razones más evidentes. No sabemos todavía cuántos de esos cierres responden directamente a la transformación turística, cuántos obedecen a problemas particulares de cada establecimiento ni qué actividades ocuparán finalmente esos locales, y sería irresponsable convertir una coincidencia temporal en una explicación automática; lo que sí tenemos frente a nosotros son suficientes señales para observar con atención hacia dónde está cambiando la estructura comercial del Centro Histórico.
Porque llegará un momento en que quizá ya no importe cuántos negocios cerraron.
Importará cuáles sobrevivieron.
Y si dentro de algunos años descubrimos un Centro Histórico lleno de visitantes, hoteles, experiencias, restaurantes, recuerdos y establecimientos perfectamente preparados para recibir turistas, seguramente las estadísticas dirán que Puebla consiguió adaptarse; pero si para llegar hasta ahí tuvimos que perder buena parte de los comercios utilizados diariamente por quienes viven, trabajan y transitan por la ciudad, tendremos que preguntarnos si aquello que llamamos adaptación no terminó siendo simplemente una sustitución silenciosa de la vida cotidiana por una nueva lógica de consumo.
Tal vez ahí se encuentre el verdadero significado de aquellos 200 cierres. No necesariamente en pensar que todos debieron sobrevivir, tampoco en responsabilizar al turismo de cada cortina que bajó, sino en preguntarnos qué tipo de comercio estamos dejando atrás y cuál estamos construyendo en su lugar; porque una ciudad puede seguir recibiendo turistas, aumentando visitantes y mostrando calles llenas mientras, casi sin advertirlo, pierde lentamente los negocios que durante décadas hicieron que sus habitantes tuvieran razones para seguir regresando al Centro, entonces tendremos que hacernos una pregunta bastante menos cómoda.
¿Adaptamos el comercio al turismo o terminamos adaptando el Centro Histórico para que los poblanos dejaran de necesitarlo?
