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La Puebla que el turismo sigue sin mirar

En COLUMNAS Luis Fernando Salazar Monsalve

Hay una Puebla que aparece constantemente en fotografías, campañas de promoción, ferias turísticas y discursos gubernamentales, la conocemos bastante bien porque durante años nos han enseñado a recorrer prácticamente los mismos lugares; pero existe otra Puebla de la que hablamos mucho menos, una que comienza a sentirse apenas dejamos atrás la capital y avanzamos hacia territorios donde el paisaje cambia, las distancias parecen hacerse mayores y la presencia del turismo disminuye considerablemente. Ahí, entre la Sierra del Tentzo y la entrada a la Mixteca poblana, permanecen comunidades que difícilmente forman parte de aquello que hemos aprendido a reconocer como la Puebla turística.

No se trata de territorios carentes de recursos, tampoco de lugares donde no exista algo que compartir con quienes llegan de fuera; basta recorrer Atoyatempan, Huatlatlauca, Molcaxac, Huehuetlán el Grande o algunas de las localidades asentadas alrededor del Tentzo para comenzar a entenderlo. Paisaje, cocina, memoria, producción artesanal, conocimientos sobre plantas, prácticas agrícolas, celebraciones, relatos y una manera particular de relacionarse con el entorno continúan formando parte de la vida cotidiana, quizá por eso resulta extraño que buena parte de esta región siga ocupando un lugar tan discreto dentro del mapa turístico poblano.

Lo más difícil de entender es que tampoco estamos hablando de un territorio desconocido para el propio gobierno. La Sierra del Tentzo fue decretada Reserva Estatal en 2011 con una superficie de más de 57 mil hectáreas y desde entonces cuenta con un programa de manejo; han transcurrido casi quince años y todavía seguimos hablando de posibilidades, de recursos susceptibles de aprovecharse y de comunidades con potencial para desarrollar actividades vinculadas con la naturaleza. Quizá convendría detenernos precisamente ahí, porque permanecer durante tanto tiempo en el terreno de lo posible también dice bastante sobre las prioridades que hemos construido.

Mientras tanto, en otras regiones del estado las cosas parecen moverse con mayor velocidad. Durante 2026 el Gobierno de Puebla llevó agencias de viajes y operadores a conocer experiencias comunitarias en Zacapoaxtla, posteriormente presentó una ruta vinculada con los Pueblos Mágicos y el Biocafé para fortalecer la llegada de visitantes a la Sierra Norte; incluso formalizó un convenio dirigido a proyectos de conservación, investigación y turismo de naturaleza que beneficiaría a dieciséis municipios de esa misma región. No cuestiono esas acciones, son necesarias y seguramente muchas comunidades las necesitan; lo que cuesta comprender es por qué resulta mucho más difícil encontrar un esfuerzo equivalente, continuo y reconocible cuando dirigimos la mirada hacia el Tentzo y buena parte de la Mixteca poblana.

La contradicción se vuelve todavía más interesante cuando Puebla acaba de ser reconocida como Mejor Destino de Turismo Comunitario y el propio gobierno informa que existen más de 320 experiencias distribuidas en 91 municipios, además de capacitaciones, distintivos, certificaciones y recursos destinados a fortalecer proyectos comunitarios. Son cifras importantes y sería absurdo desconocerlas, aunque también permiten formular una pregunta necesaria: ¿qué ocurre con aquellos territorios que siguen sin encontrar un lugar claro dentro de ese impulso?

Porque el problema de la Sierra del Tentzo no debería reducirse a conseguir más turistas,  de hecho, cometeríamos un grave error si después de tantos años de observar lo ocurrido en otros destinos y territorios creyéramos que posicionar significa llenar caminos de automóviles, construir establecimientos indiscriminadamente o convertir cada expresión cultural en un producto disponible para el visitante; todavía estamos a tiempo de hacer algo diferente, quizá precisamente porque el turismo no ha alcanzado ahí las dimensiones que observamos en otros territorios.

Y eso cambia completamente la discusión.

No necesitamos otro Zacatlán, otro Atlixco ni una réplica de los destinos que aparecen una y otra vez en la promoción turística estatal; necesitamos reconocer qué quiere cada comunidad, qué está dispuesta a compartir, qué desea conservar exclusivamente para sí misma y hasta dónde puede llegar la actividad turística sin alterar aquello que precisamente la vuelve distinta. El turismo comunitario tendría que comenzar ahí, no en el visitante ni en la fotografía promocional, mucho menos en la cantidad de personas que consigamos llevar durante un fin de semana.

Durante demasiado tiempo el sector público ha entendido el desarrollo turístico al revés, primero piensan en atraer personas, después buscan productos que puedan consumir y finalmente intentan incorporar a la población local dentro de algo que prácticamente ya fue decidido; en territorios como el Tentzo todavía existe la posibilidad de invertir ese orden, comenzar por las comunidades, reconocer sus capacidades y necesidades, construir con ellas las experiencias y solamente después preguntarnos qué visitante puede comprender, respetar y valorar aquello que se ha decidido compartir.

Esto implica también dejar de vender una idea que ha causado demasiado daño en numerosos territorios: que el turismo resolverá por sí mismo los problemas de las comunidades rurales. No lo hará, ni tendría por qué hacerlo. La agricultura, la producción artesanal, las actividades comerciales, los conocimientos tradicionales y las distintas formas de economía local no deberían desaparecer para que todos terminen convertidos en prestadores de servicios; el turismo puede complementar esas actividades, generar ingresos adicionales y abrir posibilidades para determinadas familias, pero convertirlo en la única salida sería sustituir una vulnerabilidad por otra.

Por eso prefiero hablar de alternativa de desarrollo y buen vivir, no de una solución, una alternativa que permita a una mujer comercializar directamente aquello que produce, que ayude a un joven a encontrar oportunidades sin abandonar necesariamente su comunidad, que genere condiciones para que un conocimiento transmitido durante generaciones vuelva a tener reconocimiento social y económico, que permita obtener ingresos sin entregar el control del territorio a intermediarios externos; si el turismo comunitario no consigue avanzar en esa dirección, quizá tendremos visitantes, fotografías y estadísticas, pero difícilmente podremos hablar de bienestar.

El gobierno estatal tiene aquí una deuda que no puede resolverse únicamente con capacitaciones. Posicionar el Tentzo requiere acompañamiento prolongado, infraestructura adecuada, conectividad, seguridad, señalización, financiamiento y mecanismos reales de comercialización, pero también algo que suele olvidarse cuando las políticas llegan a las comunidades: tiempo para escuchar. No todo conocimiento se encuentra en los escritorios de una secretaría y no toda decisión acertada puede construirse desde la ciudad de Puebla; quienes habitan estos territorios conocen problemas, límites y posibilidades que difícilmente aparecen completos en un diagnóstico institucional.

Tampoco sería justo afirmar que nada se ha hecho; existen experiencias que demuestran justamente lo contrario; el Campamento Ecoturístico Sensontla, dentro del Área Natural Protegida Sierra del Tentzo, ha sido documentado recientemente como una experiencia de turismo comunitario desde la cual es posible analizar aportes económicos, sociales, culturales y ambientales al desarrollo regional.  Ahí, quizá, se encuentre otra de las grandes contradicciones: las experiencias existen, las comunidades existen, el patrimonio existe y hasta la investigación académica lleva años señalando posibilidades; lo que sigue faltando es conseguir que todo ello deje de funcionar como esfuerzos aislados.

Mientras Puebla continúa presentándose dentro y fuera de México como un destino diverso, la promoción estatal habla de 12 Pueblos Mágicos, decenas de municipios con vocación turística y experiencias comunitarias que buscan ampliar la oferta más allá de la capital. Es un avance, pero la verdadera descentralización turística comenzará cuando un viajero pueda pensar en Puebla sin imaginar automáticamente los mismos cinco o seis destinos, cuando la inversión pública no siga los lugares que ya tienen visitantes sino que ayude también a construir condiciones en aquellos territorios que históricamente han permanecido fuera de los grandes circuitos.

Y quizá debamos revisar incluso aquello que entendemos por éxito.

El Tentzo no necesita millones de turistas para demostrar que el turismo comunitario funciona; sería mucho más interesante saber cuánto del ingreso generado permanece realmente en las localidades, cuántas familias encuentran una actividad complementaria, cuántos emprendimientos comunitarios consiguen mantenerse sin depender permanentemente de subsidios, cuántos jóvenes participan en la conservación de su territorio y cuántos saberes encuentran nuevas posibilidades de permanecer vivos; esas preguntas dicen mucho más sobre el buen vivir que una estadística de llegadas.

La Sierra del Tentzo lleva casi quince años reconocida oficialmente como un territorio que merece protección y su potencial turístico tampoco constituye un descubrimiento reciente; incluso documentos de planeación anteriores ya contemplaban un proyecto ecoturístico para la zona. Seguir hablando únicamente de potencial comienza entonces a resultar insuficiente, porque llega un momento en que la promesa repetida deja de representar futuro y comienza a parecer abandono.

Puebla tiene frente a sí una oportunidad que todavía no ha perdido. Puede esperar a que el mercado descubra el Tentzo, lleguen inversionistas externos y después intentar controlar las consecuencias, o puede trabajar desde ahora con las comunidades para construir otra relación con el turismo, una donde el visitante sea invitado y no dueño, donde el patrimonio no tenga que transformarse para resultar atractivo y donde el ingreso económico no obligue a renunciar a las formas locales de vida.

Porque quizá la verdadera riqueza de esta parte de Puebla radique precisamente en aquello que todavía no hemos convertido en mercancía.

Y si después de casi quince años seguimos diciendo que la Sierra del Tentzo tiene potencial, tal vez haya llegado el momento de dejar de preguntarnos qué le falta al territorio y comenzar a preguntarnos qué les ha faltado hacer a quienes tenían la responsabilidad de acompañarlo.


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