Hay ciudades a las que uno llega con la intención de quedarse. A Ancona llegué con la intención de partir.
Hace muchos años conocí Ancona, capital de la región italiana de Le Marche. Mi interés no era la ciudad en sí, sino su moderno y activo puerto para abordar un ferry rumbo a Grecia. Aquella travesía duraría cerca de treinta y seis horas; pasaríamos una noche a bordo con alimentos incluidos. No era un crucero, pero sí un barco preparado para convertir el trayecto en parte del viaje.
Al abordar recibimos una sorpresa. La naviera había vendido más cabinas de las disponibles en nuestra categoría y nos otorgó un ascenso. Nuestra nueva cabina tenía vista al mar. Sin esperarlo, el viaje comenzó mejor de lo imaginado mientras Ancona desaparecía lentamente en el horizonte.
Unos días antes, en Treviso, en la región del Véneto, me había encontrado con el padre salesiano Ambrosio Boem. Entre muchas recomendaciones para recorrer Italia me dio una muy práctica: cuando fuera posible, buscara el apoyo de un convento. Siguiendo ese consejo, al llegar a Ancona acudimos a uno donde, con enorme generosidad, nos permitieron dejar el automóvil durante nuestra ausencia. Fue otra muestra de la hospitalidad que tantas veces encontré en Italia.
Con el tiempo entendí que Ancona merecía mucho más que ser un simple punto de partida. Fue fundada por colonos griegos de Siracusa hacia el siglo IV a. C., quienes la llamaron Ankón, ‘codo’, por la forma del promontorio que protege su puerto natural. Más tarde los romanos comprendieron su enorme valor estratégico.
A principios del siglo II d. C., el emperador Trajano ordenó ampliar el puerto, convirtiéndolo en uno de los más importantes del Adriático. Durante siglos, el mar Adriático fue una auténtica autopista marítima que conectó la península itálica con los Balcanes, Grecia y el Mediterráneo oriental. Mercaderes, soldados, peregrinos y viajeros cruzaron estas aguas, y Ancona fue una de sus principales puertas de entrada y salida. Como testimonio de aquella obra permanece el Arco de Trajano, inaugurado en el año 115, que todavía recibe a quienes llegan por mar casi dos mil años después.
Quien visite Ancona descubrirá la Catedral de San Ciriaco, construida sobre la antigua acrópolis griega y con una vista privilegiada del Adriático; el puerto histórico; el Arco de Trajano y la Piazza del Plebiscito.
La gastronomía refleja su relación con el mar: el brodetto all’anconetana, las olive all’ascolana y los vinos blancos Verdicchio producidos en Le Marche.
Nuestro ferry continuó hacia Corfú, después a Igoumenitsa y finalmente a Patras. Desde allí tomamos un autobús que cruzó el Canal de Corinto antes de llegar a Atenas, una ciudad que merece una colaboración aparte.
Hoy entiendo que muchas veces nos concentramos tanto en el destino final que olvidamos apreciar los lugares que hacen posible llegar hasta él. Ancona fue mucho más que un puerto: fue el prólogo de un viaje hacia la antigua Grecia y un recordatorio de que el Mediterráneo ha unido civilizaciones durante miles de años.
Muchos viajeros recuerdan el lugar al que llegaron. Yo también recuerdo el puerto desde donde comenzó ese viaje. Porque hay ciudades cuyo mayor mérito no es retenerte, sino inspirarte a seguir navegando.
Viajemos juntos.