Foto: Camila Villeda

Cuerpos que cuestionan: Puebla presente en el festival Trac con obras sobre identidad y racismo

En NACIONAL Camila Villeda

MÉXICO.- Durante diez días —del 20 al 30 de agosto del año en curso— se llevó a cabo el festival de danza Trac. Tradición y Actualidad de los Cuerpos Danzantes, un encuentro realizado en distintos espacios del Centro Cultural Universitario de la UNAM, en la Ciudad de México.

Más allá de ser un festival de danzas vinculadas al folclor, este encuentro abrió un espacio de interpelación entre artistas y públicos sobre dimensiones que nos atraviesan: identidades (desde el género hasta la autodenominación étnica), tensiones entre pasado y presente, roles de género y violencias como la discriminación y el racismo.

Cada presentación dejó claro que la tradición no puede verse como una pieza de museo. Y aunque muchas veces la danza se regodea en la superficialidad y los lugares comunes, Trac logró ser un espacio donde el cuerpo encarna y explicita temas que hoy no podemos ignorar: violencias de género, diversidades sexo-genéricas, grietas en las ficciones que sostienen las comunidades imaginarias (sobre todo las de gran escala, como la nación), racismo y la tirantez entre identidades individuales, locales, nacionales y globales. La danza es cuerpo y movimiento: elementos centrales de estas conversaciones.

El festival inició con dos obras que, quien las presencie y no se cuestione, es porque carece de voluntad para hacerlo. No soy persona, soy mariposa, de Lukas Avendaño —performer muxe y primer mexicano en ganar el Premio Internacional para las Artes Contemporáneas de la Fundación para las Artes Contemporáneas de Nueva York—, es un performance que también puede leerse como manifiesto. Demanda e incomoda: habla de sexualidad desde el cuerpo, el placer, los fluidos, el deseo y las prácticas que no se ocultan tras metáforas, sino que toman protagonismo. Aborda diversidad sexual e identitaria, violencia, y expone que quien toma la palabra —muchas veces negada— porta “el fenotipo de los desaparecidos”, goza y viene del sur, territorio donde se conjugan violencias sostenidas por racismo y clasismo que alimentan el mito de la identidad mexicana.

Paisaje de un cuerpo totonaca, obra que emerge de la Sierra poblana, también formó parte del arranque de Trac.

Foto: Camila Villeda

La identidad negada que resurge: Paisaje de un cuerpo totonaca

Mamá, ¿soy indígena?” es la pregunta que atraviesa la obra de danza contemporánea del artista poblano Oswaldo Gómez Méndez, con música de Miguel Pérez / Don Cañelero y la participación de Ascenciona Méndez Sánchez. La obra, que incluye poesía y textos en tutunakú, es profundamente íntima: expone las preguntas sobre la identidad del bailarín en diálogo con su madre.

Navegamos entre el relato de una niña de Ahuacatlán que migra a Zacatlán y, para evitar la discriminación, niega tanto su identidad como su lengua materna. El relato se repite: Oswaldo, en la primaria, también niega ser indígena para evitar burlas, aunque su familia habla tutunakú.

La obra también es relato histórico. Ascenciona cuenta que, durante el gobierno de López Portillo, los programas de educación indígena permitieron que adolescentes hablantes de lenguas originarias se incorporaran como maestras en comunidades de la Sierra Norte para enseñar castellano. Su testimonio permite dimensionar políticas de Estado que, bajo la idea de “unidad nacional” y “progreso”, impulsaron lingüicidios y epistemicidios. Aun así, la resistencia persistió en lo cotidiano.

Entre anécdotas y paisajes danzados llegamos a la pandemia de COVID-19, donde el regreso a los orígenes provoca en Oswaldo cuestionamientos que lo llevan a aprender tutunakú y preguntarse cuál es su lugar en esa cosmovisión.

Foto: Camila Villeda

El movimiento como saber: Tramo Soskil

Al cierre del festival, la compañía yucateca MákinaDT presentó Tramo Soskil, obra que gira en torno al proceso de manufactura del henequén, fibra que sostuvo la economía del sureste durante los siglos XIX y XX.

Aquí el cuerpo humano se convierte en fibra que navega en barcos —recordando su uso naviero— y también en movimiento campesino. Los gestos del campo son saberes: conocimiento sobre tierra, ciclos naturales, semillas, conservación y transformación de materias primas. Quien desconoce los movimientos necesarios para sembrar, barbechar o fabricar materiales, fracasa o se lesiona. El cuerpo es archivo.

Lo personal es político y lo local es global

Cuestionar la tradición desde el cuerpo implica hablar de cómo los roles de género impuestos por tradición son violencia; cómo seguir una tradición en otro territorio puede doler, porque implica discriminación y racismo.

Paisaje de un cuerpo totonaca muestra la urgencia de cuestionar nuestra historia reciente y los mitos que sostienen una falsa identidad nacional —como la idea de que “todos somos mestizos y hablamos castellano”— cuando dos generaciones tuvieron que negar su origen para evitar discriminación. El racismo no es letra muerta: es historia encarnada.

Reflexionar desde el cuerpo y el movimiento también es esperanza: permite que quienes han sido silenciados tomen la palabra. Recupera memorias corporales, como las del campo, muchas veces relegadas frente a narrativas visuales o textuales. Cuestionar la tradición permite imaginar futuros, fortalecer identidades sin imposición y trazar caminos.

Las preguntas planteadas en Trac, aunque situadas, pueden trasladarse a otras latitudes. Por fortuna, Puebla estuvo presente y quizá pueda hacerse muchas más preguntas a través del arte.

La tradición no es museo: artistas poblanos dialogan sobre identidad y memoria en la UNAM

Cuando el cuerpo habla: talento poblano cuestiona identidad, tradición y memoria en el festival Trac de la UNAM

Danza para incomodar y sanar: talento poblano reflexiona sobre tradición y violencia en la UNAM

LO ÚLTIMO DE NACIONAL

Ir Arriba