Fotografía: Álvaro Miguel Borbonio Matla

El Centro Histórico que se vacía: turismo sin comunidad

En COLUMNAS Luis Fernando Salazar Monsalve

El Centro Histórico de la Ciudad de Puebla, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO el 11 de diciembre de 1987, ha sido históricamente valorado por su riqueza arquitectónica, sus tradiciones vivas y su identidad comunitaria. Sin embargo, en los últimos años ha experimentado un notable incremento en la llegada de turistas nacionales y extranjeros, fenómeno que, lejos de ser solo una oportunidad económica, ha detonado un proceso de gentrificación silenciosa pero acelerada.

La afluencia masiva de visitantes y la popularización de plataformas de hospedaje como Airbnb, Booking.com y HomeToGo han fomentado la conversión de viviendas tradicionales en alojamientos temporales, reduciendo la oferta habitacional para los residentes y elevando los costos de renta y compra. Esto ha forzado a un número significativo de familias originarias a abandonar el centro, incapaces de sostener los nuevos precios de vida. Esta fuerza inmobiliaria reconfigura la estructura social, reemplazando habitantes de ingresos medios o bajos por nuevos residentes con mayor poder adquisitivo, entre ellos los llamados nómadas digitales, que se instalan por temporadas sin integrarse del todo a la vida comunitaria.

Este desplazamiento no es solo físico, sino también cultural y simbólico. Fruto del empuje implacable del neoliberalismo, los mercados actuales han presionado a fondas de barrio, talleres de oficios y pequeñas tiendas locales —que dan vida a calles como la 6 Oriente o el Barrio del Artista—, ahora sustituidos por cafeterías gourmet, restaurantes de concepto y comercios orientados al turismo de corto plazo. Esta presión erosiona la diversidad económica y borra la memoria colectiva que durante siglos ha sostenido la identidad poblana.

El turismo mal planificado distorsiona la economía local: vuelve dependiente a la ciudad de una demanda estacional y volátil, eleva la inflación y concentra beneficios en unos pocos sectores, mientras genera empleos precarios y desplaza a trabajadores y comerciantes tradicionales. Así se produce una paradoja evidente: un sitio Patrimonio de la Humanidad pierde precisamente aquello que lo hace único para convertirse en un escenario de consumo global.

A la par, surge una tensión social silenciosa. Mientras algunos celebran la revitalización urbana, otros perciben una pérdida de arraigo, un desarraigo forzado y una discriminación soterrada. Se espera que los locales se adapten a los códigos de consumo y lenguas de los visitantes —y no al revés—, lo que provoca que festividades, rituales y costumbres barriales se vean desplazadas por eventos pensados para la mirada externa, relegando la voz de los verdaderos custodios del patrimonio: sus habitantes.

Detrás de este fenómeno, la falta de regulación efectiva y una planeación urbana que prioriza la derrama económica sin una visión de sostenibilidad social y cultural profundiza el problema. Hoy más que nunca, la ciudad necesita repensar su modelo turístico hacia uno que respete la vivienda digna para los poblanos, fortalezca el comercio local y valore la identidad viva como recurso insustituible.

La gentrificación derivada del turismo no es un daño colateral inevitable, sino el resultado de decisiones políticas, económicas y sociales. Reconocer este problema es el primer paso para diseñar estrategias de ordenamiento que aseguren que el patrimonio no se limite a sus edificios, sino que se sostenga en quienes los habitan, los recorren y los celebran cada día. El caso del Centro Histórico de Puebla ilustra un desafío global: diseñar un equilibrio entre apertura turística y derecho a la ciudad.

Si la gentrificación avanza sin freno, se corre el riesgo de convertir al Centro Histórico en un escaparate museográfico sin comunidad viva, una postal vacía que traiciona su esencia. Por otra parte, con planificación responsable, diálogo con la comunidad y políticas que equilibren los intereses de residentes, visitantes y actores económicos, es posible sostener un turismo que no desplace, sino que enriquezca; que no borre, sino que conserve; y que, sobre todo, reconozca a los habitantes como herederos legítimos de este Patrimonio de la Humanidad.


Luis Fernando Salazar Monsalve
Doctor en Desarrollo Regional por El Colegio de Tlaxcala. Profesor Investigador en la BUAP, donde imparte clases en la Maestría en Gestión del Turismo y la Licenciatura en Administración Turística. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI-SECIHTI) y del Cuerpo Académico “Turismo: Gestión, Gobernanza y Desarrollo”. Sus líneas de investigación abordan territorio, geografía, sostenibilidad y patrimonio. Ha sido ponente y autor en foros académicos nacionales e internacionales.

Correo: luis.salazar@correo.buap.mx

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