Caminar por Puebla se ha convertido en una competencia por nuestra atención. Anuncios, lonas, pendones, espectaculares, promociones colocadas sobre fachadas y negocios que buscan sobresalir frente al establecimiento de al lado; quizá convivimos tanto con todo esto que dejamos de preguntarnos cómo se verían esos mismos espacios si retiráramos por un momento buena parte de lo que hemos colocado sobre ellos.
No hablo solamente del Centro Histórico.
Basta recorrer algunas de las principales avenidas para encontrar fachadas convertidas prácticamente en anuncios, bardas utilizadas como escaparates y enormes estructuras publicitarias dominando el paisaje; cada negocio necesita ser visto y resulta comprensible que utilice la publicidad para conseguirlo, aunque entre permitir que un establecimiento anuncie lo que vende y aceptar que cualquier espacio disponible pueda utilizarse para llamar nuestra atención existe una diferencia que Puebla parece haber olvidado.
La publicidad forma parte de cualquier ciudad y sería absurdo plantear que debemos eliminarla. Un comercio necesita identificarse, promocionarse y competir por clientes; el problema comienza cuando esa competencia abandona los límites del establecimiento y termina trasladándose al paisaje que compartimos todos.
Hay, sin embargo, una publicidad que merece una discusión aparte: la de los políticos.
Cada cierto tiempo Puebla comienza a llenarse de rostros, nombres y frases que aparecen en espectaculares, bardas y lonas; cambian los personajes, los colores y también las formas utilizadas para justificar su presencia, algunas veces es un informe, otras una revista, una asociación o cualquier recurso que permita mantener determinada imagen circulando por la ciudad.
Lo hemos visto tantas veces que parece normal.
Un mismo rostro puede acompañarnos durante kilómetros y aparecer nuevamente unas calles después, como si conocer el trabajo de alguien necesitara obligatoriamente encontrarlo repetido durante nuestros recorridos cotidianos; resulta todavía más difícil entenderlo cuando quienes tienen la responsabilidad de ordenar la ciudad participan, directa o indirectamente, de esa misma saturación visual.
Podemos exigirle a un comerciante que respete determinadas dimensiones, regular una lona o retirar un anuncio por afectar la imagen urbana; después llegan determinados momentos políticos y pareciera que las avenidas se convierten nuevamente en espacios disponibles para posicionar nombres y rostros.
¿Por qué alguien que pretende gobernar una ciudad tendría que comenzar por saturarla con su propia imagen?
La ciudad no debería funcionar como escaparate personal de quienes ocupan un cargo o aspiran a conseguirlo. Desde la perspectiva de quien recorre Puebla poco importa si detrás aparece un producto, una promoción o una persona buscando posicionarse políticamente; visualmente ocurre lo mismo, alguien pagó para apropiarse durante algunos segundos de nuestra mirada.
Y reglas existen.
En el Centro Histórico la publicidad se encuentra sujeta a condiciones particulares debido al valor patrimonial de la zona; el Ayuntamiento ha realizado acciones para regular anuncios y retirar aquellos que incumplen la normativa, por eso quizá la discusión ya no debería concentrarse solamente en si tenemos reglamentos, también habría que preguntarnos por qué aquello que buscamos proteger en unas calles parece importar mucho menos en otras.
Ahí aparece otra contradicción.
Puebla utiliza constantemente su imagen para promocionarse como destino turístico. Iglesias, edificios históricos, calles, plazas y fachadas aparecen en fotografías cuidadosamente seleccionadas para mostrar una ciudad atractiva; buscamos el mejor ángulo, evitamos aquello que estorba y construimos una postal que después mostramos al visitante, aunque basta salir de ese encuadre para encontrarnos con una ciudad bastante más saturada.
No podemos cuidar solamente aquello que cabe dentro de la fotografía turística; Puebla no termina cuando abandonamos el Centro Histórico y tampoco debería hacerlo la preocupación por su paisaje. Las grandes avenidas, los corredores comerciales, las entradas de la ciudad y los espacios donde transcurre la vida cotidiana forman parte de la misma experiencia urbana; sin embargo, en algunos de ellos pareciera que mientras exista un espacio disponible existe también la posibilidad de convertirlo en publicidad.
El Periférico Ecológico quizá sea uno de los ejemplos más claros.
Quienes lo recorremos sabemos que en diferentes puntos debería abrirse frente a nosotros una de las imágenes más características de Puebla, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl formando parte del horizonte; pero hay tramos donde intentar observarlos significa hacerlo entre enormes espectaculares y estructuras publicitarias colocadas una detrás de otra.
Los volcanes siguen ahí; somos nosotros quienes hemos colocado demasiadas cosas enfrente.
Termina un espectacular y unos metros adelante aparece el siguiente, después otro; aquello que podría ser una vista abierta hacia el Popo y el Izta queda fragmentado entre anuncios de fraccionamientos, universidades, automóviles, hospitales, restaurantes o cualquier empresa dispuesta a pagar por ocupar ese espacio.
No estoy cuestionando aquí qué empresa se anuncia ni si determinado espectacular tiene permiso, me interesa algo mucho más sencillo: ¿cuánto paisaje estamos dispuestos a perder para seguir colocando publicidad?
Porque un espectacular no ocupa únicamente los metros donde se sostiene; también ocupa nuestra mirada y, muchas veces, aquello que podríamos observar detrás.
La contradicción resulta difícil de ignorar cuando el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl aparecen constantemente en fotografías y materiales utilizados para representar a Puebla, mientras desde algunas de nuestras vialidades permitimos que enormes anuncios interfieran con esa misma imagen.
Presumimos el paisaje y al mismo tiempo permitimos que lo tapen.
No propongo retirar toda la publicidad ni imaginar una Puebla sin anuncios; tampoco tendría sentido responsabilizar exclusivamente a comerciantes o empresas por utilizar espacios cuya regulación corresponde a las autoridades, lo que necesitamos discutir es hasta dónde puede llegar el interés privado por ser visto antes de afectar aquello que debería seguir siendo visible para todos.
Quizá el problema más grave sea que ya nos acostumbramos.
Recorremos las mismas avenidas, pasamos frente a los mismos espectaculares y apenas reparamos en ellos; poco a poco dejamos de recordar cómo se veía el paisaje antes de que estuvieran ahí y terminamos aceptando la saturación como una característica inevitable de la ciudad.
Por eso hablar de contaminación visual no debería limitarse a contar anuncios o retirar algunas lonas. También tendría que obligarnos a decidir qué queremos seguir viendo cuando recorremos Puebla y cuánto de nuestra ciudad estamos dispuestos a entregar para que alguien pueda vendernos algo.
La próxima vez que circulemos por el Periférico quizá valga la pena dejar de mirar los anuncios durante unos segundos y buscar detrás de ellos.
Tal vez ahí sigan el Popo y el Izta, esperando que Puebla vuelva a dejarnos verlos.
