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El problema nunca es el territorio

En COLUMNAS Luis Fernando Salazar Monsalve

No fue una estadística ni una propuesta de política pública lo que más llamó mi atención durante una reciente conferencia sobre turismo. Fue una frase. Apenas unas cuantas palabras pronunciadas con absoluta naturalidad: “destinos en vías de desarrollo”. Mientras la escuchaba no pude evitar pensar que ciertas ideas poseen una extraordinaria capacidad para sobrevivir al paso del tiempo, incluso cuando la realidad se empeña en demostrar sus limitaciones.

Lo más llamativo fue la naturalidad con la que se utilizó el término. Nadie pareció detenerse demasiado en él, quizá porque llevamos tanto tiempo escuchando expresiones parecidas que terminan pareciéndonos normales. Aun así, no pude evitar preguntarme qué ocurre cuando una comunidad comienza a ser observada principalmente por aquello que supuestamente necesita para desarrollarse. La pregunta parece sencilla, aunque las consecuencias de responderla mal suelen acompañar a los territorios durante muchos años.

Mientras escuchaba la discusión recordé cuántas veces hemos escuchado discursos parecidos; cambian los programas, las administraciones y las prioridades gubernamentales, aunque ciertas ideas parecen resistirse a desaparecer, entre ellas destaca esa necesidad permanente de comparar territorios, de establecer referentes y de asumir que algunas comunidades representan el modelo al que las demás deberían aspirar.

Entonces, quizás el debate nunca ha sido qué territorios avanzan más rápido, sino quién tiene la autoridad para decidir qué significa realmente avanzar.

Me resulta difícil aceptar ciertas clasificaciones sin cuestionarlas, como ejemplo los pueblos mágicos A, AA o AAA, si efectivamente, se inventaron una estratificación que se concentra exclusivamente en lo que una comunidad necesita para desarrollarse, mientras otras dimensiones del territorio comienzan a desaparecer de la conversación. Y entonces todo se empiza a evaluar por medio de indicadores cuantitativos como, cuántos visitantes llegaron, cuánto dinero dejaron y cuánto falta por invertir; pero al mismo tiempo, otras preguntas desaparecen, en contadas ocaciones se habla de los conocimientos que siguen circulando dentro de las comunidades, de las relaciones que mantienen unido al territorio o de las sabidurias acumuladas por generaciones enteras que aprendieron a resolver problemas mucho antes de que alguien decidiera medirlas.

Algo parecido ocurre con numerosas políticas turísticas, los proyectos suelen anunciarse acompañados de palabras atractivas: desarrollo, empleo, prosperidad, competitividad; sin embargo, una vez que el turismo comienza a trastocar y transformar la vida cotidiana aparecen conflictos que pocas veces formaban parte del discurso inicial. El aumento de precios, el suelo se encarece, las dinámicas comunitarias se adaptan o cambian, la presión sobre determinados espacios afectan el devenir y los beneficios terminan distribuyéndose de manera desigual. En ese momento ocurre algo predecible: casi nadie cuestiona el modelo que impulsó esas transformaciones.

Y es entonces en donde los encargados de dependencias culpan a la población.

Es ahí donde el discurso suele dar un giro interesante.; de pronto ya no se habla de estrategias gubernamentales ni de decisiones institucionales; la conversación se desplaza hacia la comunidad. Se afirma que faltó organización, apropiación del territorio, que no se adaptaron a los cambios del mercado o que los habitantes desaprovecharon las oportunidades disponibles, que les falta capacitación; pareciera que la comunidad debe transofrmarse hacia la atención del visitante, algo así como cambiar su modo de vida porque ya llegó el turista, entonces adaptémonos a ellos y no lo que realmente conlleva el deslazamiento, el turista es el que debe adaptarse a las realidades de cada territorio, los turistas somos intrusos, somos agentes externos que de manera inconciente o tal vez conciente generamos impactos negativos.

Ahí radica una de las mayores preocupaciones, ya que quienes diseñan programas turísticos suelen hablar de comunidades, destinos o territorios como si se tratara de categorías homogéneas, fáciles de ordenar dentro de cuadros comparativos y diagnósticos institucionales; sin embargo, basta tomarse el tiempo en cualquier localidad rural para entender que la realidad es infinitamente más compleja. El turismo no ocurre en presentaciones de powerpoint ni en matrices de indicadores, ocurre en calles, plazas, mercados y espacios donde las decisiones públicas tienen consecuencias concretas sobre la vida cotidiana de las personas, si, de esas mismas personas que no han sido consultadas sobre proyectos, promociones, o llegada masiva de visitantes; su opinión al final es lo último que se tiene en cuenta.

Lo paradójico es que muchas de esas comunidades llevan décadas haciendo exactamente aquello que las políticas públicas dicen promover. Han conservado patrimonio, han mantenido vivas celebraciones religiosas, conocimientos tradicionales y formas de organización comunitaria que sobreviven a pesar de los cambios económicos, políticos y sociales; sin embargo, continúan siendo evaluadas desde una lógica donde siempre parece faltar algo, y entonces escuchamos expresiones de planificadores turísticos estatales tales como ”esta bonito, pero le falta algo”, o trágicas palabras como “es que estan en vías de desarrollo por eso hay que recategorizarlos”; la impresión de que la experiencia acumulada por generaciones pesa menos que una certificación, un indicador o el lugar que una comunidad ocupa dentro de una clasificación diseñada lejos de su propia realidad.

Quizá ha llegado el momento de dejar de mirar los territorios como si fueran expedientes pendientes de aprobación, las evaluaciones son útiles, nadie discute eso; lo que resulta cuestionable es la necesidad permanente de medir a través de indicadores que no han sido acordados a las realidades de los territorios, a minimizar el valor de una comunidad al simple hecho de cumple con los requerimientos y superarás el retraso en el que vives. Después de todo, los pueblos no existen para ocupar una posición dentro de una tabla comparativa, existen porque hay personas que construyen diariamente formas de vida, identidades, relaciones y proyectos colectivos que difícilmente caben en una clasificación administrativa. Tal vez por eso la pregunta debería formularse de otra manera.

En lugar de preguntarnos qué territorios necesitan desarrollarse, quizá convendría preguntarnos qué instituciones necesitan aprender a escuchar.

Después de tantos programas, certificaciones, diagnósticos y promesas de desarrollo, resulta difícil aceptar que la explicación siga siendo siempre la misma. Si las desigualdades persisten, si los beneficios continúan concentrándose y si numerosas comunidades siguen enfrentando problemas similares, tal vez el problema no se encuentre donde durante años nos dijeron que estaba. Quizá ha llegado el momento de mirar hacia las instituciones, hacia sus discursos y hacia esa persistente necesidad de decidir qué territorios son exitosos y cuáles todavía deben esperar su turno para ser considerados desarrollados.


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