Foto: UNAM

Revelan muros la historia de los conventos femeninos en Oaxaca

En CAMALEONES Mauricio Cárdenas
  • Investigadoras de la UNAM documentan, con apoyo de drones y arqueología de la arquitectura, los vestigios de antiguos conventos de monjas en el Centro Histórico de Oaxaca.

OAXACA.— En medio de la transformación acelerada del Centro Histórico de Oaxaca, donde antiguas edificaciones han perdido su traza original para convertirse en restaurantes, cafés o terrazas, un esfuerzo académico busca recuperar la historia que aún resguardan los muros. A través de la arqueología de la arquitectura, investigadoras e investigadores de la UNAM estudian antiguos conventos femeninos para comprender su configuración, su vida cotidiana y su papel en la sociedad virreinal.

La investigadora del Instituto de Investigaciones Estéticas (IIE) de la UNAM, sede Oaxaca, Franziska Neff, encabeza este trabajo interdisciplinario que combina historia del arte, arqueología y arquitectura, apoyado con tecnologías como drones, fotogrametría y levantamientos digitales. El objetivo es documentar lo que aún puede leerse en las estructuras de edificaciones que, con el paso del tiempo, han sido modificadas o fragmentadas.

Uno de los proyectos más recientes se realizó en lo que fue parte del antiguo Convento de la Soledad, de monjas agustinas, hoy Palacio Municipal de Oaxaca. En colaboración con especialistas de la Universidad de Augsburgo, Alemania, el equipo elaboró planos arquitectónicos detallados de este inmueble, del cual no se contaba con información precisa. Los documentos fueron entregados al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y servirán como base para futuras labores de restauración.

Neff explicó que en Oaxaca existieron cinco conventos femeninos, pero solo de dos se conservaban datos sobre sus plantas arquitectónicas. El Palacio Municipal era uno de los tres espacios de los que no se tenía información confiable. “Por primera vez se cuenta con un plano muy fiable, fundamental para la conservación del patrimonio”, subrayó.

La investigadora también ha analizado las diferencias entre la arquitectura de los conventos de monjas y los de frailes. Las religiosas vivían en clausura, separadas del exterior por muros conventuales que garantizaban su aislamiento. Aunque asistían varias veces al día a la iglesia, lo hacían sin ser vistas por los fieles, lo que marcó una configuración arquitectónica particular.

Algunos conventos, como los de órdenes agustinas y carmelitas, se caracterizaban por reglas estrictas y una vida austera. Otros, como los de concepcionistas, dominicas y jerónimas, tenían normas más flexibles, lo que permitió la existencia de celdas amplias, con cocina, sala y baño, similares a pequeñas casas dentro del huerto conventual. Estos espacios, sin embargo, fueron los primeros en desaparecer tras la exclaustración, cuando los terrenos eclesiásticos se lotificaron y vendieron.

Parte del trabajo de Neff se ha enfocado en reconstruir estos espacios a partir de fuentes documentales y vestigios arquitectónicos. Un ejemplo es el antiguo convento de concepcionistas, hoy ocupado en parte por la panadería La Bamby. En ese sitio, el equipo logró identificar restos de la estructura original y elaborar un esquema de cómo pudo haber sido la planta del convento y la ubicación de su iglesia.

Más allá de la arquitectura, la investigación recupera la vida cotidiana de estas comunidades femeninas, integradas en su mayoría por hijas de las élites de la época. Los conventos ocupaban lugares estratégicos en la ciudad, formaban parte de la vida litúrgica y eran centros culturales donde las monjas desarrollaban actividades artísticas, en especial musicales.

Franziska Neff destacó la importancia de visibilizar esta etapa de la historia, tradicionalmente relegada en la historiografía. “Eran sociedades de mujeres, pequeñas ciudades dentro de la gran urbe, donde la vida cotidiana la determinaban ellas”, señaló. Tras la exclaustración, muchos de estos espacios tuvieron usos diversos, desde viviendas particulares hasta hoteles de lujo.

La especialista concluyó que documentar estas transformaciones es fundamental para que la sociedad conozca el pasado de su patrimonio edificado y, con ello, una parte esencial de su propia historia.

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