Siempre he creído que dudar debe ser una conducta inherente a quienes elegimos ejercer el periodismo. Si no hay duda, no hay impulso a la investigación; sin investigación, no hay crítica, y sin ella no caben las posibilidades valiosas de la reflexión, la escucha y la construcción de argumentos que brinden alternativas para estar mejor como sociedad y no sólo como individuos. No estamos solos: somos un conjunto, y desde esa perspectiva a los medios de comunicación nos toca actuar como agentes de transformación social.
Teorizar sobre esto es sencillo, pero llevarlo a la práctica no sólo es complejo, sino hasta violento. Lo es aún más cuando vives en un estado como Puebla, que además de ser el segundo del país con mayor discriminación*, sigue sin recibir los valores éticos que promueve la Cuarta Transformación; bueno, es que ni siquiera hay una intención social de que el pensamiento crítico, la austeridad, el bien común y las libertades con perspectiva de derechos se establezcan como parte de una nueva cultura política.
Cuando en 2018 surgió la esperanza de que la izquierda gobernara con Morena, uno de sus propios impulsores provenientes del PRD, Miguel Barbosa, llegó envenenado de un sistema anquilosado que imaginó, construyó y ejerció en la política como un híbrido de lo más rancio de los partidos tradicionales: corrupción, venganza política, persecución, nepotismo y represión en todas sus dimensiones. Hizo de la imagen de la izquierda un circo, de la política un ejercicio mediocre y de la esperanza un espectáculo que dolió más porque se aniquiló en medio de una pandemia.
La mayor parte de los medios y comunicadores(as) en aquel entonces, especialmente los corporativos y quienes forman parte de una élite del sistema, aceptaron el papel de ejecutores del disparo, haciendo de la información una mercancía dolosamente construida en la mentira; algunos por miedo a las represalias y otros por conveniencia política.
Las diferencias con la entonces presidenta municipal de Puebla, Claudia Rivera, recrudecieron la pobreza intelectual, ética y profesional de esa gran parte de las personas “del medio”. Surgieron nuevos servicios para hacer del odio de Barbosa un jugoso negocio donde los medios no perdían. Un ejemplo fue el “dame más (dinero de convenios publicitarios)” para “pegarle” a Barbosa y estar de su lado, pero con otro nombre para que no me persiga. La administración de reputaciones en su más alta expresión fue la constante.
Hubo medios —especialmente aquellos dirigidos por auténticos reporteros y personas jóvenes— que resistieron ir a contracorriente, que no adularon sino informaron. A ellas y ellos les cayó el peso del escarnio público de las plumas más anquilosadas de Puebla. Un ataque sistemático por ser “chairos”, porque en una ciudad centralista como Puebla (con las características que enuncio al principio), hablar de derechos humanos, libertades, periodismo de rigor y perspectiva de género es ser “chairo”. Se te acusa y encasilla para que la etiqueta desacredite tu trabajo frente a las audiencias.
En este contexto, la red set de Puebla, un jet set de color rojo que es la élite de la “izquierda”, ha logrado protagonizar la organización de movimientos, pero no la socialización pública de las causas. Y no porque no quiera ni porque lo crea innecesario, sino porque sigue siendo marginal frente a una cultura política dominada por las élites y por una derecha abierta y cómodamente asumida en todas las posiciones: en los partidos (incluso en Morena), en los gobiernos (hasta en los cargos más humildes), en las “historias familiares” y, con gran descaro, en los medios de comunicación.
Es ahí, justo en la mayor parte de las voces que hoy están frente a los medios masivos, donde se gestan discursos clasistas, racistas, machistas y discriminatorios en todas sus dimensiones, que terminan perpetuando una sociedad con las mismas características. Pocos(as) comunicadores(as) y periodistas hacen la diferencia, sorteando las tentaciones financieras y las intromisiones del poder en sus líneas editoriales, orientando sus esfuerzos hacia sus audiencias. Algunos(as) equivocándose, como todas y todos, pero sin traicionarse a sí mismos ni a quienes creen en ellos(as).
Con estas reflexiones no busco culpabilizar a los medios de comunicación por los despojos de un sistema corrupto, pero sí visibilizar la responsabilidad que tenemos en la construcción de audiencias que duden, escuchen, reflexionen e increpen su entorno. Es politizar la opinión pública y hacer de la participación social un agregado fundamental en nuestras audiencias. Es mostrar que la disidencia construye de forma más sólida que la obediencia a ciegas.
Cuando esta posición se entienda como una contribución y no como un obstáculo, será posible desenredar progresivamente esa complejísima relación entre las instituciones y los medios de comunicación. Habrá respeto y no sumisión, y crítica sin castigo o persecución. Es un deseo latente, pero una realidad aún lejana, donde las relaciones prensa-poder siguen inmóviles: los mismos empresarios al frente de micrófonos que usan masivamente para defender sus propios intereses a costa de la explotación de muchas y muchos periodistas que luchan con ingenio y pasión por defender posiciones más justas y posibles para “los de abajo”, para “los nadie”, para la gente de carne y hueso que habita esta Puebla sometida, todavía, al arraigo de las costumbres del poder.