Fotografía: Luis Fernando Salazar Monsalve

Turismo en Nanacamilpa: el resplandor que se apaga

En COLUMNAS Luis Fernando Salazar Monsalve

Cada verano, cuando el bosque de oyamel de Nanacamilpa se convierte en escenario de un espectáculo natural de luces vivas, miles de turistas acuden con la promesa de presenciar la bioluminiscencia de las luciérnagas. Pero detrás de ese asombro colectivo —inspirador, sí, pero también invasivo— se esconde una realidad incómoda: la masificación turística está empujando a estos insectos al borde del colapso ecológico.

Desde 2014, el número de visitantes ha superado con creces la capacidad estimada de carga del santuario. Mientras los estudios apuntan a un límite sostenible de poco más de 450 personas por día, las cifras actuales alcanzan hasta 1,200. Las cifras son claras, pero las decisiones políticas —y empresariales— siguen apostando por la explotación desmedida. Glampings, restaurantes, senderos iluminados, estacionamientos… cada nuevo “servicio” para el visitante representa un retroceso para el ecosistema. Y no se trata de suposiciones: se calcula que, en tan solo cinco años, se ha perdido un 5 % de la cobertura forestal original del hábitat de las luciérnagas.

La contaminación lumínica es otro de los grandes enemigos. Las linternas, los faros, los celulares —sí, incluso los flashes usados para selfies— interfieren directamente en los procesos de apareamiento de las luciérnagas. Estos insectos dependen de señales luminosas específicas para comunicarse, cortejarse, reproducirse. Si las luces artificiales saturan el entorno, el ciclo natural se rompe. La consecuencia es grave y silenciosa: menos crías, menos individuos, menos luz. A ello se suma la fragmentación del bosque, causada por desarrollos turísticos que, en teoría, se venden como “ecoamigables”, pero que implican deforestación, instalación de tuberías, redes eléctricas y caminos que parten el territorio en enclaves para el consumo.

El problema no termina en lo ambiental. El contraste entre la bonanza turística y la realidad local es escandaloso. En 2023, la derrama económica por turismo superó los 214 millones de pesos; sin embargo, más del 60 % de la población del municipio sigue en situación de pobreza. ¿Quién gana entonces? Claramente no las comunidades que mantienen viva la cultura y que han convertido a las luciérnagas en símbolo espiritual y festivo. Tampoco gana la naturaleza. Ni siquiera el turismo a largo plazo, porque sin luciérnagas no hay espectáculo.

La ausencia de una estrategia de desarrollo sostenible ha permitido que Nanacamilpa se convierta en un ejemplo de cómo el turismo mal gestionado puede destruir aquello que lo hace posible. Lo que comenzó como una oportunidad para generar ingresos y posicionar al municipio en el mapa turístico nacional hoy amenaza con volverse una trampa: más visitantes significan más presión sobre un ecosistema que ya muestra signos de agotamiento. Se requiere más que marketing verde. Hace falta regulación estricta, participación comunitaria real y límites claros al crecimiento sin control.

Preservar a las luciérnagas no es solo una cuestión ambiental: es también un acto de justicia social, de respeto cultural y de visión a futuro. Si no se actúa pronto, el espectáculo natural que ha fascinado a generaciones podría convertirse en un recuerdo. Y lo que hoy brilla en la oscuridad, mañana será solo un mito.


Luis Fernando Salazar Monsalve
Doctor en Desarrollo Regional por El Colegio de Tlaxcala. Profesor Investigador en la BUAP, donde imparte clases en la Maestría en Gestión del Turismo y la Licenciatura en Administración Turística. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI-SECIHTI) y del Cuerpo Académico “Turismo: Gestión, Gobernanza y Desarrollo”. Sus líneas de investigación abordan territorio, geografía, sostenibilidad y patrimonio. Ha sido ponente y autor en foros académicos nacionales e internacionales.

Correo: luis.salazar@correo.buap.mx

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