Cada año, la Feria de la Memela convierte a La Resurrección en un punto de atracción masiva; comales encendidos, filas interminables, visitantes que llegan en busca de una experiencia “auténtica” y una narrativa que celebra la cocina popular como símbolo de identidad poblana. Durante unos días, el barrio se vuelve vitrina; el discurso institucional aparece, la promoción se intensifica y la memela se posiciona como emblema gastronómico.
Sin embargo, fuera de ese momento festivo, la realidad territorial cuenta otra historia; una mucho menos visible, menos promocionada y profundamente contradictoria. La misma comunidad que sostiene esta tradición —en gran medida mujeres que han heredado saberes del maíz— enfrenta condiciones estructurales que poco tienen que ver con el reconocimiento que se proclama desde el discurso oficial.
La feria funciona entonces como un espejo parcial; refleja el valor cultural de la memela, pero oculta las tensiones que atraviesan el territorio. Calles con rezagos, servicios insuficientes, limitaciones en infraestructura y una ausencia evidente de estrategias que vinculen el éxito del evento con mejoras sostenidas para la comunidad; el patrimonio se exhibe, pero no necesariamente se fortalece.
Aquí emerge una de las contradicciones más profundas del turismo contemporáneo en Puebla: se celebra la cocina tradicional como recurso turístico, pero no se consolida como eje de desarrollo territorial. La memela atrae visitantes, genera derrama y posiciona al destino, sin embargo ese flujo no siempre se traduce en beneficios estructurales para quienes la producen cotidianamente.
A ello se suma una dinámica aún más compleja: la apropiación simbólica del patrimonio. La feria no solo es un evento gastronómico, también es un espacio de visibilidad política, de posicionamiento institucional y de construcción de imagen pública; el territorio se convierte en escenario, la cocina en discurso y la comunidad en telón de fondo. La pregunta es inevitable: ¿quién capitaliza realmente el valor de esta tradición?
Mientras el evento crece en afluencia y proyección mediática, las memeleras continúan operando en condiciones que no siempre garantizan estabilidad, reconocimiento ni protección efectiva de su actividad. El contraste es evidente; el mismo producto que se enaltece en la feria puede ser objeto de regulación restrictiva o de tensiones con autoridades en otros espacios de la ciudad.
La Resurrección, en este sentido, no solo produce memelas; produce identidad, memoria y continuidad cultural. Sin embargo, esa producción no ha sido acompañada por una política pública integral que entienda la gastronomía como sistema territorial y no únicamente como atractivo turístico. Sin planeación, la feria corre el riesgo de consolidarse como evento exitoso, pero desconectado de un proyecto de desarrollo local.
El problema no es la feria en sí misma; es lo que ocurre antes y después de ella. Cuando el turismo se limita a momentos espectaculares y no se traduce en mejoras estructurales, se convierte en un mecanismo de visibilización sin transformación. Se consume el patrimonio, pero no se invierte en su sostenibilidad.
Pensar la memela únicamente como producto gastronómico es reducir su complejidad; es, en realidad, una expresión de economía comunitaria, de trabajo femenino y de relación con el territorio. Ignorar esa dimensión implica reproducir un modelo donde el turismo extrae valor simbólico sin garantizar justicia territorial.
Si Puebla aspira a consolidarse como destino gastronómico, necesita ir más allá de la lógica del evento. La verdadera apuesta no está en llenar plazas durante unos días, sino en construir condiciones permanentes para que quienes sostienen esa cocina puedan hacerlo con dignidad, estabilidad y reconocimiento.
Porque de lo contrario, la Feria de la Memela corre el riesgo de convertirse en una postal exitosa y aplaudida, mientras el territorio que le da sentido permanece al margen del desarrollo que se presume.
Y en ese escenario, el turismo deja de ser una oportunidad para convertirse en una forma sutil de apropiación: una en la que el patrimonio se sirve al visitante, pero el territorio sigue esperando
