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Puebla no se visita para comer, se visita para vivir su cocina

En COLUMNAS Luis Fernando Salazar Monsalve

Desde que la gastronomía mexicana fue reconocida como patrimonio cultural inmaterial, México ingresó a un circuito global donde la comida dejó de ser únicamente alimento para convertirse en lenguaje cultural, memoria histórica y símbolo identitario, sin embargo, ese reconocimiento también abrió una paradoja: mientras el país es celebrado en el extranjero, muchas de sus cocinas regionales siguen siendo subestimadas dentro de sus propios territorios.

Puebla es quizá uno de los casos más reveladores, porque posee una tradición culinaria compleja, mestiza, ritual y profundamente arraigada en la historia urbana y comunitaria, aunque su potencial turístico continúa siendo tratado como un complemento del viaje y no como un motivo central de desplazamiento, como si la ciudad fuera primero arquitectura y después cocina, cuando en realidad ambas dimensiones forman parte del mismo patrimonio vivo.

La gastronomía poblana no es un catálogo de platillos, es una forma de habitar el mundo: ingredientes ligados a temporalidades agrícolas, técnicas heredadas, cocineras tradicionales como custodias de saberes, mercados como escenarios culturales, fiestas donde la comida articula comunidad, y aun así el discurso institucional insiste en reducirla a temporada, a festival, a postal culinaria breve.

El problema no es que Puebla carezca de cocina, el problema es que carece de visión pública para transformarla en experiencia turística profunda, porque el turismo gastronómico no puede limitarse a que el visitante venga, coma y se vaya, debe implicar inmersión, relato, aprendizaje, contacto con el proceso, participación en la elaboración, reconocimiento de quienes sostienen la cocina desde abajo.

Mientras Oaxaca ha construido identidad turística desde su cocina como eje articulador, y Ciudad de México ha convertido mercados, calles y alta gastronomía en narrativa permanente, Puebla sigue atrapada en una promoción episódica donde el chile en nogada o el mole de caderas concentran toda la visibilidad, como si el resto del año la cocina poblana desapareciera o no mereciera ser vivida.

Esta dependencia de lo temporal revela una limitación estructural: no existen productos gastronómicos permanentes, no hay rutas comunitarias sólidas, no hay talleres accesibles, no hay experiencias diseñadas para segmentos específicos como viajeros culturales, turismo de aprendizaje, visitantes internacionales interesados en técnicas tradicionales o incluso turismo local que busca reencontrarse con su identidad.

Los mercados del centro histórico, que deberían ser nodos privilegiados de turismo cultural, permanecen fuera del mapa turístico real, no por falta de riqueza, sino por abandono institucional, inseguridad, deterioro y una mirada clasista que sigue creyendo que la cocina auténtica no es atractiva si no está estetizada para el visitante.

A esto se suma una amenaza silenciosa: la globalización gastronómica, porque las franquicias y la estandarización avanzan con rapidez, desplazando negocios tradicionales y homogeneizando la experiencia urbana, de modo que Puebla corre el riesgo de ofrecer lo mismo que cualquier ciudad, perdiendo aquello que la hace irrepetible.

La cocina poblana no necesita ser reinventada, necesita ser reconocida, protegida y articulada con políticas turísticas que comprendan que el verdadero turismo gastronómico no es consumo, es vínculo, es territorio, es experiencia cultural completa, y eso solo puede lograrse si se escucha a cocineras, locatarios, productores y comunidades que han sostenido esta tradición mucho antes de que se volviera tendencia.

Puebla tiene todo para consolidarse como capital gastronómica permanente, pero mientras el gobierno siga ignorando su valía estratégica y continúe vendiendo la cocina como accesorio turístico, la ciudad seguirá siendo destino de paso, cuando podría ser destino de retorno, de aprendizaje y de pertenencia.

Porque una ciudad que no convierte su cocina en experiencia viva termina sirviendo su patrimonio en porciones pequeñas, y Puebla no merece ser probada como antojo: merece ser vivida como cultura.

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