Foto: Leviatán

“Perdidos en Hamartia” de Luis Jorge Boone: Poesía con destino de Ilíada y alma de Odisea

En COLUMNAS Yussel Dardón

El martes 30 de octubre se presentó Perdidos en Hamartia, antología poética de Luis Jorge Boone. Este fue el texto que se leyó en durante la presentación:

“En la literatura no hay genios precoces. No es posible”, advirtió Paul Auster. Y, sin embargo, hay voces que, incluso desde la juventud, escriben con una madurez nacida del asombro y la intemperie, de la cotidianidad. Tal es el caso de Luis Jorge Boone, quien con Perdidos en Hamartia (Fondo de Cultura Económica, 2025) vuelve sobre su propio pasado poético para exponerlo a la mirada del tiempo.

El volumen reúne los cinco primeros poemarios del autor —Galería de armas rotas, Legión, Material de ciegos, Novela y Traducción a lengua extraña— escritos entre los veinte y treinta años. No se trata, sin embargo, de una simple reedición, sino de un ejercicio de relectura y curaduría. Boone revisita sus propios textos como si fueran piezas arqueológicas, fragmentos de un yo anterior que la madurez reinterpreta, un restaurador que sopla el polvo de sus palabras para devolverles vida.

El resultado es un trayecto que va del descubrimiento al reclamo, una suerte de autobiografía lírica en la que la poesía se define como el único espacio que sobrevive “en el incendio de la memoria”. Y es que el fuego de la escritura —como el de la vida— no ilumina sin quemar. “La poesía, y el arte en general, es evidencia de la vida. Si tu vida arde bien, la poesía no es más que ceniza”, escribió Leonard Cohen. Boone parece confirmarlo porque su poesía arde, se consume y renace en las brasas del tiempo.

En Galería de armas rotas, el lector se encuentra con un joven poeta que busca irrumpir, nombrar el mundo y ensayar el lenguaje del día a día. Son poemas que revelan el ímpetu del descubrimiento, el pulso de quien aún cree que cada palabra puede ser una primera vez.

Con Legión, la voz se torna más grave, una legión de sombras y derrotas la atraviesa. Hay en esos versos una condena velada, un intento de entender el dolor como una forma de revelación. En Material de ciegos, Boone se atreve a desarmar el poema, a jugar con la estructura, a explorar el ritmo y el silencio. Ya no se trata solo de reunir textos, sino de pensar en el libro como un organismo vivo, con respiración y nervio propio. En Novela, el poeta lleva ese impulso más lejos: convierte el poema en relato, pero un relato que se narra desde el silencio. Es una escritura que se sabe observada, que reflexiona sobre sí misma y sus límites. Finalmente, Traducción a lengua extraña es el punto de llegada, donde la voz madura encuentra su tono definitivo: una poesía que desde la sencillez conduce a la complejidad del sentir, que reclama y contempla, que asume la duda como destino.

Joseph Brodsky escribió que “en el negocio de la escritura no se acumulan experiencias, se acumulan incertidumbres”. Perdidos en Hamartia demuestra que el recorrido de Boone no es una línea ascendente, sino una espiral de preguntas, una búsqueda incesante de sentido.

El título no es casual. Hamartia —del griego— significa “errar el blanco”. En la tragedia clásica, designa la falla que conduce al héroe a su destino. Boone adopta ese concepto como metáfora de la escritura: escribir es equivocarse, desviarse, perderse para volver a encontrar el camino.

Esta reunión de libros no pretende corregir los errores del pasado, sino reconocerlos como parte esencial del viaje poético. Boone se mira desde el presente y entiende que cada poema fue un acto necesario. En esa relectura, sus versos de juventud se convierten en una conversación entre el que escribió y el que ahora reescribe; entre el que soñaba con la poesía y el que ha aprendido a vivir en ella.

La comparación con “Pierre Menard, autor del Quijote”, de Borges, resulta inevitable: los mismos textos, leídos o reescritos desde otro tiempo, ya no significan lo mismo.

En Menard, donde “…la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”, el tiempo, al pasar, no borra la obra, sino que la multiplica. En esa relectura, Boone parece decirnos, la poesía no envejece, se transforma.

La voz de Boone parece nacer del silencio más que de la palabra. Su poesía observa, resiste, madura sin aspavientos. No busca el asombro inmediato, sino la permanencia del eco.

En sus primeros libros ya se adivina esa economía verbal que define su obra posterior. Boone escribe como quien mide la respiración, como quien conoce el poder de lo no dicho. De ahí que su poesía parezca siempre estar en diálogo con el vacío, con la imposibilidad de decirlo todo. “Parecemos tener siempre menos palabras de las necesarias”, reconoce el propio Boone. Y quizá esa carencia sea precisamente su fuerza.

Porque lo que subyace en Perdidos en Hamartia no es la nostalgia, sino la conciencia de que la poesía es una manera de permanecer en el mundo, incluso cuando el mundo se deshace. Cada poema es un intento de salvar algo —una emoción, una imagen, una pérdida— del olvido inevitable.

Boone se mira en el espejo del tiempo y lo que devuelve su reflejo es la travesía: de un poeta que entendió que escribir es errar, y que errar, en poesía, es un modo de acertar. Su obra, reunida y revisitada, adquiere ahora una unidad que solo la madurez puede otorgar.

En Perdidos en Hamartia, la poesía no se presenta como certidumbre, sino como duda luminosa. El poeta no ofrece respuestas, sino caminos. Lo suyo es una voz que se reconoce humana por su capacidad de equivocarse, de tropezar en el lenguaje para hallar en la caída un resplandor.

Porque Perdidos en Hamartia es, al final, poesía con destino de Ilíada y alma de Odisea: la batalla y el regreso, la pérdida y el hallazgo. Un viaje a través del tiempo y de la palabra donde, entre las ruinas del lenguaje, la poesía sigue respirando, todavía, en el incendio de la memoria.

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