Las lluvias torrenciales que han dejado decenas de muertos, desaparecidos y cientos de damnificados en Puebla, Veracruz, Hidalgo, San Luis Potosí y Querétaro, revelan una verdad que México se niega a mirar: los desastres naturales son también sociales, políticos y profundamente desiguales.
Los ríos desbordados y las casas arrasadas no son solo consecuencia de la tormenta tropical Raymond o de los remanentes del huracán Priscilla, son el resultado directo de décadas de abandono institucional, de políticas públicas que solo aparecen cuando ya es demasiado tarde. En los mapas de la tragedia se repiten los mismos nombres: comunidades indígenas, zonas rurales, pueblos olvidados, lugares donde el Estado llega siempre después del desastre, con víveres y discursos, pero no con infraestructura, ni salud, ni alternativas reales para mitigar la vulnerabilidad.
En Puebla, más de 30 mil personas quedaron damnificadas; en Veracruz, casi 30 mil viviendas fueron afectadas; en Hidalgo, los rescates se multiplican entre el lodo y la desesperación. En total, más de 150 municipios devastados. Pero antes de que llegara el agua, muchos de estos municipios y localidades ya estaban inundadas por la pobreza: sin drenaje, sin caminos pavimentados, sin servicios médicos, sin un sistema de prevención que funcione más allá de los comunicados de emergencia.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha prometido no escatimar recursos y desplegar censos para la reconstrucción; sin embargo, la verdadera deuda no está en la atención inmediata, sino en lo que no se hizo antes. México sigue sin entender que los desastres no se mitigan solo con ayuda humanitaria, sino con justicia social. Y mientras las políticas de prevención sigan siendo reactivas, los daños volverán a repetirse, con nombres distintos y el mismo dolor.
El país se conmueve ante los caminos derruidos, las localizades bajo el agua o de los rescatistas caminando entre el lodo, pero olvida que esas escenas se repiten cada año. Que las familias desplazadas hoy son las mismas que en 1999, 2013 o 2021, y que detrás de cada pérdida hay una historia de marginación que antecede al diluvio.
Los desastres naturales son, en el fondo, radiografías de nuestras desigualdades. Revelan dónde faltan escuelas resistentes, puentes dignos, drenajes adecuados, atención médica o tierra firme para vivir. Y mientras sigamos pensando que las lluvias son el problema, el verdadero desastre —la pobreza estructural— seguirá creciendo bajo la superficie.
Porque las lluvias pasarán. Pero la miseria, si no se combate, seguirá ahí, esperando la próxima tormenta para recordarnos que en México, lo que ahoga no es el agua, sino el abandono.