En Puebla, donde al menos dos veces por semana aparecen cuerpos entambados, mutilados o acompañados de mensajes amenazantes, el Ayuntamiento decidió “embolsar” la escultura de Elena Garro antes de su revelación oficial.
La escena fue grotesca.
La figura de bronce, cubierta con plástico negro, evocaba lo que en la narrativa cotidiana de la ciudad ya no es metáfora sino realidad: la violencia homicida que se despliega en parques, calles y barrios.
Hace apenas unas semanas, un desmembrado apareció en el parque de Analco, tan solo a unas calles del sitio donde se piensa homenajear a la autora de Los recuerdos del porvenir. En ese contexto, ¿se trató de un mal timing o de la absoluta incapacidad institucional para leer el clima social que habita la ciudad que el propio Ayuntamiento insiste hasta el absurdo en llamar “imparable”?
La banalización de la violencia en Puebla no ocurre solo por los hechos criminales que nos atraviesan, sino también por la manera en que las autoridades los relativizan con gestos torpes.
Una escultura no es un cadáver, pero al envolverla como tal, el gobierno municipal terminó por recordarnos que la “Ciudad Imparable” se desangra.
El contraste resulta aún más doloroso si pensamos en la lucha del colectivo Elenistas, conformado por académicas y estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP. Fueron ellas y ellos quienes lograron rescatar la efigie de Garro del abandono en el que se encontraba en la avenida 5 de Mayo, y quienes consiguieron que se instalara frente al Carolino, el edificio central de la universidad.
Ahí, Elena vuelve a la institución que la nombró doctora honoris causa en 1998, al espacio simbólico que resguarda una memoria colectiva que no puede ser confiscada por la negligencia oficial.
“Yo solo soy memoria y la memoria que de mí se tenga”, escribió Garro. La memoria, en Puebla, es hoy también disputa política y social.
¿Qué recordaremos de esta ciudad?
¿La voluntad de universitarias y universitarios que defienden la dignidad cultural, o el ayuntamiento que, sin sensibilidad ni autocrítica, convirtió un acto de homenaje en un simulacro de muerte?
Si “el porvenir era un retroceder veloz hacia la muerte y la muerte el estado perfecto”, como advierte otra frase de Los recuerdos del porvenir, Puebla parece atrapada entre la violencia criminal que se multiplica y la violencia simbólica que, desde el poder, insiste en minimizar lo evidente.
Más allá de la torpeza de “embolsar” a Elena, el episodio revela un problema mayor: la disonancia entre el discurso de modernidad y seguridad que pregona el Ayuntamiento y la realidad de una ciudad marcada por la violencia cotidiana.
La estatua de Garro, resignificada por las Elenistas, se convierte así en un espejo incómodo que nos obliga a preguntarnos si somos capaces de nombrar la violencia, o si ya nos acostumbramos a vivir entre bolsas negras.