Hablar de participación ciudadana en Puebla es hablar de un espejismo cuidadosamente construido por quienes detentan el poder, quienes presumen “representación popular”, pero a la hora de abrir canales para que la gente pueda decidir, opinar o vigilar, cierran la puerta con llave y con candados imposibles de forzar.
El dato, como siempre, desnuda la trampa, y es que para presentar una iniciativa de ley se exigen más de 124 mil firmas, el 2.5% de la lista nominal, mientras que en seis estados del país basta con una sola firma.
No es burocracia, es una muralla deliberada, el recordatorio de que en Puebla no se legisla para la gente.
Se tolera que la ciudadanía vote cada tres o seis años, pero se le veta cualquier intento de incidir en lo público entre elección y elección.
Por eso resulta revelador que la Universidad Iberoamericana Puebla y más de 30 organizaciones civiles hayan decidido empujar Puebla Participa, una iniciativa que integra 16 mecanismos de participación: plebiscito, referéndum, revocación de mandato, cabildos abiertos, consultas para niñas y niños, presupuestos participativos. Herramientas que en otros contextos serían normales, pero que aquí suenan casi subversivas porque cuestionan la lógica patrimonial del poder político.
El Congreso local, uno de los peores evaluados por la ciudadanía según el INEGI, enfrenta ahora un espejo incómodo. ¿Abrirá el debate o volverá a esconder la propuesta en el cajón de los eternos pendientes?
La experiencia obliga al escepticismo.
Puebla lleva décadas postergando esta discusión porque, en el fondo, sus élites políticas saben que abrir la puerta a la ciudadanía implica reducir su monopolio sobre las decisiones.
Sin embargo, el contexto global no permite seguir posponiendo.
Mientras más se cierre el acceso a la deliberación pública, más se erosiona la legitimidad de las instituciones. No hay congreso, gobernador o alcalde que pueda sostenerse indefinidamente sobre la exclusión de la gente.
La iniciativa Puebla Participa no es un mero trámite legal, es un punto de inflexión: o se apuesta por democratizar las decisiones, o se confirma que en Puebla la política seguirá siendo un club cerrado donde los ciudadanos solo aplauden o protestan desde afuera.
La sociedad civil ya hizo su parte al presentar un modelo viable, sólido y comparado con las mejores prácticas del país.
El balón está en la cancha del Congreso.
Cada día de silencio será una evidencia más de que la democracia en Puebla no está ausente, sino asfixiada en una bolsa Ziploc.