MÉXICO.- Las telenovelas de un minuto grabadas en formato vertical, con títulos tan extravagantes como “Dominada por el jefe de mi padre” o “Encontré un marido multimillonario sin hogar para Navidad”, se han convertido en un fenómeno de consumo masivo que está sacudiendo el modelo tradicional del streaming.
Según un reportaje de Tatum Hunter para The Washington Post, aplicaciones como ReelShort, DramaBox o My Drama cobran hasta 20 dólares semanales por acceso ilimitado a estos minidramas, una tarifa que supera con creces la de plataformas como Netflix o HBO Max. Y, sin embargo, millones de usuarios están dispuestos a pagarlo.
La fórmula del enganche: algoritmos y clichés
El éxito de estas producciones no descansa en la calidad de las actuaciones ni en la solidez de sus guiones, sino en su capacidad de retener la atención con giros absurdos, violencia melodramática y cliffhangers cada 60 segundos. Productores reconocen que muchas series incluyen agresiones físicas —como la regla no escrita de “una bofetada antes del episodio 10”— porque garantizan interacción y pago recurrente.
El resultado es una narrativa diseñada por algoritmos: ritmo trepidante, romances tóxicos, jerarquías de poder sexualizadas y fórmulas repetidas hasta el cansancio. Para algunos críticos, estos contenidos normalizan estereotipos dañinos y banalizan la violencia, al tiempo que convierten la ficción en un producto adictivo empaquetado para cerebros entrenados por TikTok.
Audiencias millonarias, debates pendientes
El fenómeno no es marginal. Títulos como “Cómo domar a un zorro plateado” superan los 350 millones de visualizaciones, más que la audiencia global de series premium como The Last of Us. Plataformas emergentes reportan más usuarios activos mensuales que Hulu o Paramount+, y actores de Hollywood encuentran en este formato nuevas oportunidades de trabajo que antes parecían inalcanzables.
Pero el boom abre preguntas de fondo: ¿estamos frente a una democratización de la ficción breve o ante una versión extrema de la economía de la atención, donde la adicción sustituye a la calidad narrativa? ¿Qué implica para el futuro del entretenimiento que cientos de millones de personas prefieran pagar más por contenidos “exprés” que por las producciones de prestigio de las grandes plataformas?
La industria vertical se expande y diversifica —ya experimenta con reality shows y documentales—, pero sigue enfrentando el dilema de si podrá trascender el cliché de los romances tóxicos y convertirse en algo más que un hábito diseñado para la dopamina.
Con información del reportaje de Tatum Hunter, The Washington Post