El Barrio del Alto —uno de los primeros asentamientos de Puebla— no solo guarda un valor histórico, sino que ha sido, por décadas, un punto de referencia en la configuración social de la ciudad. No obstante, en tiempos recientes, su transformación ha estado marcada por una lógica turística que privilegia la mirada externa: más que fortalecer la vida barrial, se han promovido cambios que responden a intereses comerciales y estéticos, fragmentando sus dinámicas cotidianas y empujando a sus habitantes a los márgenes —cuando no, fuera del barrio mismo—.
La inclusión del barrio en el programa federal “Barrios Mágicos” en 2024 fue presentada como una oportunidad de desarrollo económico y cultural; sin embargo, la intervención urbana se ha centrado selectivamente en fachadas, calles “emblemáticas” y nodos de tránsito turístico —dejando en el abandono aquellas zonas donde persiste la vida comunitaria—. Se trata de un embellecimiento superficial que ha contribuido a construir una imagen de El Alto como un lugar pintoresco, seguro y nostálgico: útil para el visitante, pero profundamente ajeno a la realidad de quienes han vivido allí por generaciones.
El resultado ha sido una fragmentación del barrio, no solo territorial, sino también simbólica. El espacio público se privatiza, los edificios patrimoniales se convierten en atractivos escenográficos y las dinámicas sociales cotidianas se diluyen frente a una narrativa oficial que convierte el pasado en mercancía. Lo que no entra en el mapa turístico, simplemente no existe: calles sin pavimentar, vecindades olvidadas, falta de servicios básicos y un repunte en la violencia y la inseguridad que se esquivan con discursos maquillados.
A la sombra de los discursos de “rescate urbano” se impone una lógica de ocupación que convierte a El Alto en un territorio transitorio —no solo en términos de quienes lo habitan, sino también en la manera en que se representa—. Más que fortalecer la vida comunitaria, los proyectos impulsados desde la lógica turística promueven la circulación constante de cuerpos y capitales que no enraízan ni construyen vínculos duraderos con el lugar. Esta movilidad programada privilegia la experiencia del visitante por encima de la permanencia del residente, fragmentando los tiempos del barrio y sus usos sociales. Se pierde así la cotidianidad como valor, mientras se instaura una noción de espacio funcional, maleable, útil solo mientras resulte rentable o estéticamente vendible. En este modelo, la comunidad no desaparece de golpe, sino que es relegada a los márgenes, volviéndose figurante de su propia historia.
A la par, se configura una tensión constante entre memoria y simulacro. Bajo el argumento de “preservar lo histórico”, se promueve una estética atemporal —una apariencia embellecida y desvinculada— que borra los conflictos y contradicciones del presente. Se reinterpreta el pasado desde una visión oficial que niega las resistencias, las culturas populares y las formas barriales de apropiación del espacio. Así, el patrimonio se vacía de sentido social, convirtiéndose en una postal repetible.
El fenómeno que atraviesa El Alto no es un caso aislado. Es, más bien, una expresión aguda de las contradicciones estructurales entre turismo y derecho a la ciudad. Sirve como ejemplo claro de cómo el urbanismo orientado por la lógica del visitante no solo ahonda la desigualdad, sino que también desarticula las redes de vida barrial y produce una ciudad dual: una ciudad que se muestra para unos y se sobrevive para otros.
Frente a esto, urge una reflexión crítica sobre los límites del turismo como motor de desarrollo. ¿Es posible proteger la riqueza histórica sin borrar a quienes la habitan? ¿Puede el patrimonio ser vivido y no solo mostrado? El caso de El Alto nos recuerda que todo esfuerzo de “rescate” urbano debe partir del reconocimiento de sus pobladores como protagonistas, no como obstáculos a vencer.
Solo así, tal vez, el barrio podrá resistir al olvido disfrazado de modernización.
Luis Fernando Salazar Monsalve
Doctor en Desarrollo Regional por El Colegio de Tlaxcala. Profesor Investigador en la BUAP, donde imparte clases en la Maestría en Gestión del Turismo y la Licenciatura en Administración Turística. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI-SECIHTI) y del Cuerpo Académico “Turismo: Gestión, Gobernanza y Desarrollo”. Sus líneas de investigación abordan territorio, geografía, sostenibilidad y patrimonio. Ha sido ponente y autor en foros académicos nacionales e internacionales.
Correo: luis.salazar@correo.buap.mx