Cantona se levanta en medio de la Cuenca Oriental del estado de Puebla con la fuerza de una ciudad que, en su tiempo, dominó rutas, rituales y territorios. Con más de catorce kilómetros cuadrados, terrazas habitacionales y veintisiete juegos de pelota, es una de las zonas arqueológicas más imponentes del país. Sin embargo, apenas un dos por ciento ha sido explorado y solo una fracción mínima recibe visitantes, por lo que el sitio existe, respira y resiste como si estuviera condenado a sobrevivir fuera del radar turístico nacional.
El problema no es la distancia, sino la desatención. Cantona está a hora y media de la ciudad de Puebla, aunque el trayecto se vuelve desconcertante para cualquier visitante que dependa del transporte público o de una señalización visible. La llegada se diluye entre un paisaje sin indicaciones claras y una entrada que se confunde con el entorno. Un patrimonio de esta magnitud no debería depender de la suerte de que el viajero “lo encuentre”; sin embargo, eso ocurre.
A esta dificultad se suma un problema más profundo: Cantona no seduce al turista que viaja buscando imágenes para redes sociales. Su estética volcánica, sus tonos grises, su vegetación semidesértica y su monumentalidad discreta contrastan con la espectacularidad que domina la narrativa turística actual. Así, lo que debería ser una invitación a repensar el territorio prehispánico termina en desilusión para quienes viajan con expectativas moldeadas por filtros digitales y destinos estandarizados, reduciendo la experiencia a una fotografía y no a una comprensión del lugar.
La falta de promoción oficial agrava el panorama. El sitio no aparece en campañas relevantes, ni mantiene presencia constante en medios digitales, ni compite con destinos que han construido identidades turísticas sólidas. Además, la ausencia de infraestructura complementaria impide ampliar la estancia: no hay suficientes espacios para comer, ni talleres de artesanos, ni tiendas de productos locales que detonen economía comunitaria. Cantona queda así aislada de su propio potencial y desconectada incluso de la laguna de Alchichica que, con todas sus problemáticas, podría integrarse a un circuito cultural de alto valor.
Esta desconexión repercute en la comunidad, porque Cantona podría convertirse en motor económico de Tepeyahualco de Hidalgo si existieran rutas de participación local, capacitación como guías, servicios culturales y proyectos colaborativos que reactivaran el orgullo por el sitio. Hoy, en cambio, opera bajo una lógica débil donde el visitante llega, recorre y se va sin dejar un impacto económico significativo.
Lo más inquietante es que la falta de visitantes alimenta un círculo vicioso: menos ingresos implican menor inversión; menor inversión genera más deterioro; y el deterioro disminuye el interés. Mientras tanto, la erosión del paisaje, la presión sobre Alchichica y la ausencia de vigilancia permiten prácticas que ponen en riesgo el valor ambiental y arqueológico del territorio.
La pregunta que queda es incómoda: ¿qué dice de nosotros que una de las ciudades más grandes del México prehispánico sea hoy un sitio vacío, sin promoción, sin rumbo y sin defensa colectiva? Si seguimos ignorando a Cantona, no será el tiempo quien la destruya, sino nuestra indiferencia. Aún estamos a tiempo de cambiar la narrativa, pero para lograrlo se requiere voluntad social, visión pública y un compromiso comunitario que entienda que el patrimonio no es un adorno cultural, sino un territorio vivo que exige cuidado, voz y futuro.
