Fotografía: Especial

Territorio sagrado, mercado abierto: tensiones en la Gran Pirámide

En COLUMNAS Luis Fernando Salazar Monsalve

La Gran Pirámide de Cholula no es solo un vestigio arqueológico: es un territorio de memoria activa, un espacio donde las prácticas religiosas, la vida comunitaria y la circulación turística se entrelazan en una cotidianidad singular. A diferencia de otros sitios patrimoniales convertidos en museos al aire libre, aquí el patrimonio sigue respirando. El templo mesoamericano y el santuario colonial no compiten entre sí: conviven. Esa convivencia es, justamente, lo que dota a Cholula de una fuerza simbólica difícil de reproducir en otros destinos.

Sin embargo, esa condición viva se ha vuelto también una de sus mayores vulnerabilidades. El reconocimiento como Pueblo Mágico prometía protección, ordenamiento y valorización social del patrimonio; pero, en la práctica, el turismo ha sido gestionado bajo la lógica del mercado antes que bajo el cuidado cultural. Se privilegia lo que genera ingresos inmediatos, aunque contradiga la identidad que debería preservarse.

La expansión desbordada del comercio ambulante alrededor de la pirámide ilustra este conflicto. En los accesos principales, la venta de mercancía industrial ha desplazado a las artesanías locales. Las piezas sin arraigo y sin historia ocupan el lugar de quienes heredaron la técnica y el significado de su trabajo. El turista que busca autenticidad termina recibiendo un simulacro, una versión estandarizada del destino. No es solo un problema estético: es una pérdida simbólica. Cuando la memoria se convierte en mercancía genérica, el territorio empieza a vaciarse de sentido.

A esta dimensión cultural se suma la ecológica. La pirámide ha sido sometida a un desgaste acelerado por eventos masivos, festivales improvisados y actividades que ignoran la fragilidad del sitio. La acumulación de basura, el ruido excesivo y la erosión directa en los taludes dan cuenta de un uso del monumento más cercano al entretenimiento que a la comprensión histórica.

El flujo turístico continúa creciendo sin un plan de capacidad de carga. Miles de visitantes recorren el sitio sin rutas guiadas, sin escalonamiento de horarios y sin mediación interpretativa. La experiencia se reduce a obtener la fotografía perfecta, mientras la historia se diluye en la prisa. La pirámide se convierte en fondo y no en sujeto; en escenario y no en relato. La visita ocurre, pero no se comprende. La memoria se exhibe, pero no se honra.

Este escenario muestra un vacío de gobernanza: las decisiones se toman de forma fragmentada y con horizontes inmediatos. El INAH, el municipio, el sector turístico y la comunidad no dialogan desde una visión común. Cada actor opera desde su necesidad inmediata y no desde la responsabilidad compartida. La sostenibilidad no puede surgir donde no existe una intención colectiva de sostener.

Y, sin embargo, la Gran Pirámide sigue siendo un espacio donde los pasos, la fe y la historia se encuentran. Aún resiste. Pero esa resistencia no es eterna.

La pregunta es clara y urgente: ¿queremos un patrimonio vivo o un decorado para la postal turística?

Si la pirámide pierde su tejido social, su ritualidad y su vínculo con la comunidad, no solo se deteriorará físicamente: perderá su razón de existir. La conservación no es un lujo técnico, sino una responsabilidad ética. Un territorio con memoria no se defiende solo: se defiende con decisión colectiva.

Cholula todavía tiene la oportunidad de elegir entre ser un lugar vivido o un escenario consumido. La diferencia depende de lo que hagamos ahora.


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