Fotografía: EsImagen

Puebla y el turismo de reuniones: entre el potencial y la incertidumbre

En COLUMNAS Luis Fernando Salazar Monsalve

El turismo de reuniones se ha convertido en uno de los sectores con mayor dinamismo dentro de la industria turística mundial, pues congresos, convenciones, ferias y exposiciones generan un flujo constante de visitantes que, a diferencia del turista vacacional, suelen gastar más, permanecer por periodos más largos y exigir servicios con estándares superiores; en México este segmento aporta cifras millonarias a la economía y ha colocado al país entre los destinos más relevantes del continente, y en ese escenario Puebla intenta posicionarse como un actor estratégico aprovechando su localización geográfica, su conectividad con el centro del país y la riqueza de su entorno cultural.

La capital concentra ventajas que no deben subestimarse, ya que cuenta con más de mil hoteles y una oferta que rebasa las veintiocho mil habitaciones, lo que la capacita para recibir tanto grandes convenciones como encuentros de menor escala; además su cercanía con la Ciudad de México y su conexión con ciudades clave como Toluca, Pachuca, Córdoba o Veracruz le otorgan un acceso privilegiado, y a ello se suma el valor añadido de un patrimonio cultural reconocido por la UNESCO que convierte cualquier visita en una experiencia distinta, donde los negocios se entrelazan con la historia, la gastronomía y las tradiciones vivas que enriquecen el viaje.

Sin embargo, las luces de este panorama contrastan con las sombras que aún persisten. Puebla ocupa posiciones rezagadas en los rankings internacionales de la industria MICE, no por falta de atractivos ni de conectividad, sino por la combinación de inseguridad y ausencia de continuidad en las políticas públicas. La percepción de violencia en la ciudad sigue siendo uno de los factores que más pesan en la decisión de los organizadores de eventos, que buscan destinos confiables para sus asistentes. A ello se suma que, tras la pandemia, el sector tardó más de lo esperado en recuperar su dinamismo, lo que evidenció la fragilidad de la cadena de valor del turismo de reuniones en la capital poblana.

El riesgo es claro: mientras otras ciudades mexicanas como Monterrey, Guadalajara o la propia Ciudad de México consolidan su liderazgo con recintos especializados, inversiones tecnológicas y estrategias de promoción internacional, Puebla corre el peligro de quedar relegada si no atiende sus puntos débiles. La inseguridad, la falta de incentivos a la inversión y la escasa innovación en la experiencia del visitante son barreras que limitan un potencial que, de otro modo, podría ser decisivo para el desarrollo económico de la región.

Puebla tiene todo para ser un destino competitivo en el turismo de reuniones: infraestructura moderna, ubicación estratégica y una identidad cultural única. Pero estas ventajas solo podrán rendir frutos si se acompasan con medidas contundentes de seguridad, con programas de innovación tecnológica en los recintos, con campañas que no solo vendan historia y arquitectura, sino confianza y profesionalismo.

El mensaje es urgente: no se puede aspirar a ser líder en turismo de reuniones viviendo únicamente de las ventajas naturales o del pasado glorioso de la ciudad. Autoridades, empresarios y ciudadanía deben actuar en conjunto para garantizar que Puebla sea reconocida no solo como una ciudad bella y cultural, sino como un destino seguro, confiable y competitivo. Si se apuesta por esta ruta, la capital poblana puede convertirse en referente de un turismo de reuniones que no solo genere ingresos, sino también orgullo, estabilidad y proyección internacional

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