Fotografía: EsImagen

Contaminación turística: la otra cara del patrimonio en Puebla

En COLUMNAS Luis Fernando Salazar Monsalve

El Centro Histórico de Puebla, reconocido como Patrimonio de la Humanidad, constituye un polo de atracción para turistas nacionales y extranjeros que encuentran en sus monumentos, plazas, museos y barrios tradicionales un escaparate de riqueza cultural. Sin embargo, detrás de la afluencia de visitantes se oculta una problemática que crece cada día: la contaminación derivada de la actividad turística, que se suma a la ya generada por los propios habitantes y que afecta directamente el aire, el agua, el suelo e incluso la imagen visual de la ciudad.

El turismo trae consigo beneficios económicos, pero también genera un volumen de desechos que rebasa la capacidad de gestión municipal. En calles y plazas se acumulan envolturas, bolsas, plásticos, cartones, residuos alimenticios y, en especial, colillas de cigarro, que se convierten en el contaminante más recurrente y dañino. Esta acumulación deteriora la estética urbana y bloquea sistemas de drenaje, provocando inundaciones en temporada de lluvias y complicando la movilidad de peatones y automovilistas. Así, lo que debería ser una experiencia cultural se transforma en un escenario de desorden ambiental.

El agua, recurso vital, también se encuentra bajo amenaza. Hoteles, restaurantes y establecimientos de servicio demandan un consumo excesivo para actividades cotidianas como lavado de ropa de cama, limpieza de aceras y utensilios. A ello se suman fugas que equivalen a miles de litros diarios desperdiciados, lo que agrava el desabasto para la población local y genera tensiones sociales. El contraste resulta evidente: mientras el visitante disfruta de servicios abundantes, el habitante enfrenta escasez y precariedad en su propio territorio.

La contaminación atmosférica es otro de los efectos colaterales. Automóviles particulares, autobuses turísticos y transporte local emiten grandes cantidades de CO₂ y smog que afectan la calidad del aire. Los tours en autobuses, repetidos una y otra vez cada día, amplifican el problema, convirtiendo al centro en un espacio saturado de emisiones que dañan la salud y ponen en riesgo la preservación de la arquitectura colonial.

A ello se añade la contaminación acústica y visual. El ruido constante de concentraciones masivas, celebraciones, tráfico y actividades comerciales se mezcla con un paisaje urbano alterado por cableado eléctrico, anuncios espectaculares, vallas publicitarias y grafitis que rompen con la armonía estética. Estos elementos generan un impacto negativo en la percepción de residentes y visitantes, pero también producen efectos silenciosos sobre la salud, como ansiedad, estrés y fatiga.

La situación exige reconocer que el turismo no solo representa ingresos económicos, sino también costos ambientales y sociales que pocas veces se visibilizan. Cada tonelada de basura no recogida, cada litro de agua desperdiciado y cada metro cúbico de aire contaminado debilita la sostenibilidad del Centro Histórico. Si la gestión turística no se replantea, el patrimonio corre el riesgo de convertirse en un decorado en deterioro, incapaz de sostenerse en el largo plazo.

Puebla necesita avanzar hacia un modelo que equilibre la atracción turística con la preservación de su entorno. Programas de manejo responsable de residuos, regulación de transporte, ahorro de agua y campañas de sensibilización pueden marcar la diferencia. Más allá de preservar fachadas, la ciudad debe preservar su ambiente como parte inseparable del patrimonio; de lo contrario, la contaminación seguirá minando la belleza y la vitalidad del Centro Histórico.

La reflexión es clara: el turismo puede ser motor de desarrollo o agente de degradación. Dependerá de las decisiones colectivas y de la voluntad política que Puebla elija el primer camino, construyendo un futuro donde sus calles limpias, su aire respirable y su agua suficiente sean motivo de orgullo no solo para mostrar al visitante, sino sobre todo para garantizar calidad de vida a quienes la habitan día tras día.


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