Fotografía: Daniel Casas / EsImagen

La ciudad que se mira y no se toca: elitismo turístico en el corazón de Puebla

En COLUMNAS Luis Fernando Salazar Monsalve

Puebla se ha consolidado como uno de los destinos más atractivos del país, tanto para nacionales como extranjeros, gracias a la riqueza de su patrimonio histórico, cultural y gastronómico. Recorrer el Centro Histórico o transitar por la modernidad de Angelópolis transmite prosperidad y dinamismo económico; sin embargo, detrás de esa imagen de éxito se esconde una realidad marcada por desigualdades profundas. A pesar del crecimiento reportado en indicadores macroeconómicos, la mayor parte de la población trabaja con salarios mínimos que limitan su acceso al turismo —incluso al disfrute dentro de su propia ciudad—, lo que convierte a esta actividad en un privilegio reservado para quienes tienen mayor poder adquisitivo.

El turismo, más allá de generar derrama económica, acarrea un costo de oportunidad social evidente: mientras se dirigen recursos y políticas para embellecer el espacio urbano con fines de consumo turístico, se relegan necesidades urgentes de los habitantes, como el acceso a empleos dignos, vivienda asequible o servicios públicos de calidad. Cada peso invertido en infraestructura para visitantes, y no para residentes, revela una elección política que privilegia la vitrina sobre el bienestar comunitario. Así, la ciudad se transforma en un escenario global al tiempo que sus pobladores son excluidos del disfrute pleno de ese mismo patrimonio.

En este contexto surge con fuerza el elitismo turístico: los servicios se encarecen con tarifas pensadas para extranjeros o para segmentos acomodados, los restaurantes tradicionales son sustituidos por negocios de lujo y las artesanías auténticas compiten contra souvenires producidos en masa que inundan el mercado. Esta lógica mercantil privilegia la rentabilidad inmediata y provoca un desplazamiento progresivo, no solo físico —de los habitantes hacia las periferias—, sino también simbólico, al despojar a los poblanos de su derecho a disfrutar, habitar y significar su propio territorio.

El turismo de élite no es negativo en sí mismo, pues responde a un mercado real; sin embargo, su predominio genera efectos colaterales que agravan la desigualdad. Barrios enteros se encarecen hasta volverse inaccesibles, vecindades históricas son degradadas intencionalmente para su posterior reconversión y los residentes tradicionales pierden el arraigo frente a la fuerza del capital inmobiliario. Al mismo tiempo, adultos mayores, personas con discapacidad o trabajadores de bajos ingresos quedan fuera de experiencias que deberían ser universales, alimentando un círculo de exclusión y frustración colectiva.

Lo paradójico es que, mientras la ciudad se presenta como hospitalaria y cosmopolita, gran parte de su población vive con ingresos tan limitados que no puede acceder a los mismos servicios que ofrece al visitante. Esta contradicción erosiona la legitimidad del modelo turístico y pone en riesgo la cohesión social, ya que el lujo y la exclusividad profundizan las brechas entre quienes consumen el patrimonio y quienes lo preservan día a día.

Frente a ello, resulta indispensable replantear el modelo de planificación turística. Más que multiplicar comercios de lujo o alojamientos temporales, Puebla necesita mecanismos que garanticen inclusión, accesibilidad y beneficios compartidos. Programas de turismo social, precios diferenciados para residentes o la protección efectiva de barrios tradicionales serían pasos hacia un modelo menos excluyente y más justo. El turismo debería concebirse como un derecho cultural y no como un lujo, pues viajar, conocer y apropiarse de la propia ciudad también son formas de bienestar y salud emocional que no tendrían que estar vedadas por la falta de ingresos.

El verdadero reto de Puebla no es atraer más visitantes, sino asegurar que la prosperidad que genera el turismo sea compartida por quienes dan vida a la ciudad. De lo contrario, el patrimonio corre el riesgo de convertirse en un decorado vacío, destinado al consumo externo y desconectado de la comunidad que lo sostiene. Pensar en los costos de oportunidad y en las formas de elitismo que hoy atraviesan al sector es indispensable para construir un futuro distinto: uno donde la belleza, la cultura y la hospitalidad de Puebla no sean privilegio de unos cuantos, sino un derecho que fortalezca el orgullo y la dignidad de todos sus habitantes.


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