Fotografía: Katia Fernández / EsImagen

Turismo con miedo: la violencia de género que ahuyenta al Centro Histórico de Puebla

En COLUMNAS Luis Fernando Salazar Monsalve

Puebla es reconocida mundialmente por su riqueza cultural y patrimonial. Su Centro Histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad, es una de las joyas turísticas más visitadas del país; sin embargo, la creciente violencia contra las mujeres empaña esta imagen y genera un ambiente de inseguridad que trasciende la vida cotidiana para afectar también al turismo.

En los últimos años, los delitos de género en la ciudad han ido en aumento. Tan solo en 2024, Puebla se mantuvo entre los cinco estados con mayor número de feminicidios en México, mientras que la percepción de inseguridad en zonas como mercados, transporte público y el propio Centro Histórico supera el 80 % en las encuestas nacionales. Estas cifras no son meros números: reflejan cómo se fractura la confianza en el espacio público y cómo se deteriora la experiencia de quienes visitan la ciudad.

El turismo depende en gran medida de la sensación de seguridad que transmiten los destinos. Una calle con buena iluminación, recorrida sin temor, puede convertirse en un recuerdo memorable; en contraste, un sitio marcado por noticias de agresiones y acoso se convierte en un territorio de riesgo. Viajeras nacionales e internacionales consultan alertas emitidas por sus gobiernos y, muchas veces, se encuentran con advertencias que desaconsejan caminar solas por la noche o utilizar transporte urbano en Puebla, lo que inevitablemente disminuye el atractivo del destino.

La violencia contra las mujeres no solo lastima a las víctimas directas, sino que proyecta una sombra sobre el patrimonio mismo de la ciudad. De poco sirve que los portales, templos y museos luzcan impecables si la percepción es de un espacio hostil. La falta de estrategias sostenidas para frenar este fenómeno convierte cada agresión en un golpe contra la economía local: menos visitantes en restaurantes, hoteles y recorridos; menos consumo cultural; más desconfianza acumulada.

El Centro Histórico, que debería ser un escenario de encuentro y convivencia, termina siendo narrado en medios internacionales como un sitio donde las turistas deben extremar precauciones. Esa narrativa erosiona el trabajo de promoción turística y contradice la esencia hospitalaria de Puebla. El problema no está en las consignas feministas que se pintan en las marchas, sino en los hechos que las motivan: acoso, violencia sexual, feminicidios. Ignorar esa raíz es condenar a la ciudad a perder lo que la hace atractiva: su capacidad de ser disfrutada sin miedo.

El reto está en asumir que la violencia de género no es solo un asunto de seguridad pública, sino también de sostenibilidad turística. Mientras no existan calles seguras, transporte confiable, protocolos efectivos y justicia real, el turismo seguirá viendo mermada su fuerza.

Puebla no puede seguir maquillando cifras ni concentrando sus esfuerzos en limpiar paredes tras una marcha mientras las mujeres continúan siendo violentadas. La defensa del patrimonio pasa por la defensa de la vida y de la seguridad de quienes habitan y visitan la ciudad. Si queremos que el Centro Histórico mantenga su lugar en el mundo como destino de orgullo —y no como advertencia en portales extranjeros— debemos asumir que la verdadera hospitalidad comienza con garantizar la dignidad y la seguridad de todas las personas.

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