- El doctor Martín Rodrigo Echeverría Victoria, especialista en ciencia política y comunicación social de la BUAP, analiza los retos actuales de las redes sociales: veracidad, regulación, responsabilidad ciudadana y el papel de la inteligencia artificial en la desinformación. Advierte que la comunicación digital influye en la opinión pública, la participación ciudadana y hasta en la seguridad de jóvenes y consumidores.
PUEBLA.- Hoy la forma de comunicar cambia a la velocidad de un scroll. Las redes sociales ya no son solo entretenimiento: moldean opiniones, influyen en decisiones públicas y se han convertido en la principal ventana de información para millones de personas. Pero ese poder también trae retos… y responsabilidades.
El doctor Martín Rodrigo Echeverría Victoria, investigador del Instituto de Ciencias de Gobierno y Desarrollo Estratégico (ICGDE) de la BUAP, explica que el gran dilema está en la veracidad: ¿cómo distinguir lo cierto de lo falso cuando todo circula tan rápido y con tantos intereses detrás?
Alfabetización digital: una herramienta urgente
El especialista señala que varios países ya trabajan en programas de alfabetización digital, sobre todo dirigidos a personas adultas, para que aprendan a identificar señales de alerta, fuentes confiables y contenidos sospechosos.
La idea es simple: si la gente sabe reconocer información falsa, es menos probable que la comparta y contribuya a su propagación.
¿Regular o no regular? Ese es el dilema
Echeverría explica que algunas plataformas ya aplican filtros y censura en casos de desnudos, violencia explícita o contenido sexual. Incluso, en ciertos países las redes están obligadas por ley a retirar contenido falso cuando alguien lo reporta.
En América Latina, dice, el avance es más lento. Las plataformas prefieren autorregularse para evitar litigios, con excepción de Brasil, que obligó a instalar moderadores de contenido tras episodios críticos durante el gobierno de Jair Bolsonaro.
Libertad de expresión vs. protección ciudadana
En Europa ya se discutió este dilema. La prioridad fue clara: proteger procesos electorales y el derecho de las personas a no ser engañadas.
Pero hay casos aún más graves. El investigador menciona cómo el crimen organizado usa Instagram o TikTok para reclutar jóvenes con ofertas falsas de empleo que terminan en trabajo forzado. Ahí, dice, el derecho de los jóvenes a ser protegidos debe pesar más que cualquier argumento sobre libertad de expresión.
Fraudes y publicidad engañosa: otro frente de batalla
Echeverría también señala la necesidad de regular canales donde se ofrecen productos o servicios fraudulentos. Si la plataforma es el puente que lleva esa información a miles de personas, debería tener controles más estrictos.
La academia también tiene algo que decir
Aunque no siempre hay apertura, la academia aporta investigaciones y propuestas que pueden influir en políticas públicas. Casos como la Ley Olimpia muestran que sí es posible incidir cuando se abren espacios de diálogo.
La inteligencia artificial: aliada y riesgo
La IA no solo genera contenido: también puede perfeccionar la desinformación. Automatiza procesos, fabrica información falsa y la distribuye a gran escala.
El investigador recuerda un reportaje del New York Times: Una campaña con 2,500 “influencers” inexistentes en Instagram, todos con miles de seguidores reales, difundiendo mensajes a favor de MAGA y Donald Trump. Los discursos eran casi idénticos, lo que revelaba una operación coordinada.
Para Echeverría, este tipo de casos muestra por qué el Estado debe proteger a la ciudadanía de ser manipulada.
La responsabilidad también es nuestra
La desinformación es masiva, cotidiana y peligrosa. Pero como usuarios también tenemos un papel:
- No compartir contenido sospechoso
- No dar “like” a publicaciones sin fuente
- Consultar otras perspectivas
- Ser críticos e intuitivos
“Podemos hacer algo desde nuestro celular”, señala el investigador. “Ser responsables para no hacer el juego a estas entidades”.