Foto: Gaceta UNAM

“La impunidad te arranca de la realidad”: Rivera Garza y la herida abierta del feminicidio

En CAMALEONES Magaly Herrera
  • En una conferencia en la UNAM, la escritora reconstruye el feminicidio de su hermana Liliana y denuncia cómo la impunidad no solo evade la justicia, sino que despoja a las víctimas de su lugar en el mundo.

MÉXICO.- Cuando la mano feroz de la impunidad te roza la piel o se mete en tus entrañas, la impunidad quita el velo de normalidad a la vida, afirmó con indiscutible destreza la escritora Cristina Rivera Garza frente a centenas de jóvenes estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde ella y su hermana Liliana —víctima de feminicidio— anidaron sus años previos a la catástrofe del dolor y a la ira de la pérdida.

En un relato que se configura como una profunda cartografía de la impunidad, la escritora Cristina Rivera Garza dictó una conferencia magistral que aborda el silenciamiento del dolor frente a un Estado indolente cuando se es víctima de un delito, como el feminicidio de su hermana Liliana.

Nadie mejor que ella. Nadie mejor que todas las víctimas sabe que “el silencio y la ira acuden juntas, puntualmente a la cita con la impunidad”.

El relato

La voz de Cristina Rivera Garza, constituida como una herramienta literaria y política en su libro El invencible verano de Liliana, abre la herida de un país roto que cada víctima ha vivido desde su propia historia.

En la madrugada del 16 de julio de 1990, su hermana menor, Liliana Rivera Garza, se encontraba en un cuarto de estudiante en la calle de Mimosas, en la delegación Azcapotzalco, cuando fue sorprendida por Ángel González Ramos, un exnovio que ella insistía en dejar atrás, mientras él se resistía. “Sin invitación ni aviso, saltó la barda de la casa y se introdujo en su habitación. Horas después, a las cinco de la mañana, según el acta de defunción, Liliana murió de asfixia por sofocación”.

“Ángel González Ramos se dio a la fuga y hasta el día de hoy permanece fuera del alcance de la ley, en ese limbo retorcido donde perviven los crímenes sin castigo, en lo que llamamos impunidad”, cuenta Rivera Garza.

Las cifras de violencia contra las mujeres en la Ciudad de México y en el mundo entero continúan siendo alarmantes, y lo son también los datos que demuestran que, en casos de homicidios dolosos, abusos sexuales, desapariciones, secuestros y feminicidios, la impunidad alcanza casi el 99 por ciento, añade.

“A Ángel González Ramos lo llamé el ‘hombre impune’ en El invencible verano de Liliana”, dice la escritora sobre uno de los libros que no solo ha logrado conmover las funciones de la literatura, sino avivar la posibilidad de crear una ruta jurídica que ayude a conseguir justicia después de años de inmovilidad u olvido de las autoridades.

Cuando un homicidio o feminicidio ocurre, el dolor de la pérdida no llega solo, y el testimonio de Rivera Garza sobre su hermana se recrudece: “a las autoridades judiciales de la Ciudad de México que se encargaron del caso de mi hermana les llevó apenas cuatro meses expedir la orden de aprehensión en su contra, y ahí se le acusaba únicamente de homicidio simple”.

“El presunto feminicida, que había cubierto el cuerpo de Liliana con una colcha haciéndola aparecer como si durmiera, no imaginó que apenas unas horas después del deceso un amigo de Liliana llegaría a su casa para llevarla a la universidad, a eso de las ocho de la mañana”.

Fue gracias a las fotografías y a los datos domiciliarios que la mejor amiga de Liliana en aquellos años proporcionó de inmediato que los investigadores de la Procuraduría de Justicia del DF (en ese entonces) no tardaron en llegar a la casa de la familia del sospechoso, ubicada en Toluca, Estado de México.

“Ahí, en un garaje repleto de herramientas, todavía se encontraba estacionado su Caribe Volkswagen gris, que había manejado para llegar a la vivienda de Liliana”. Ángel actuó con celeridad, huyó y “desapareció” hasta ahora.

Las autoridades siguieron su rastro. Se sabe que fue refugiado por amigos y colegas durante varios días en diversos pueblos del Estado de México, hasta que logró cruzar la frontera con Estados Unidos “en compañía de su madre y una hermana e inició una nueva vida junto a ellas, viviendo en el mismo departamento minúsculo en el sur de Los Ángeles, California”.

Cristina Rivera continúa: “luego, 30 años de silencio; mejor dicho, 30 años de silenciamiento forzado. Inicié la búsqueda del expediente de mi hermana desde finales de 2019, tal como lo narré en el libro. Más que estar lista para enfrentar el crimen de mi hermana —porque uno nunca está listo para algo así—, me encontraba al final de la soga, viendo hacia el abismo. Esa soga era la vida, la impunidad y el abismo”.

Aunque la tarea parecía simple en apariencia, Cristina y su abogado redactaron peticiones y solicitudes seguidas de la orden de esperar. Nunca la espera y la lentitud fueron algo tan turbios, dijo.

Geografía de la impunidad

Una vez que Cristina Rivera Garza retomó el caso de su hermana Liliana para buscar justicia con el lenguaje de la literatura, se presentaron una serie de sucesos, emociones y frustraciones que dieron paso a una redefinición de la impunidad en nuestro país.

“La impunidad se nota primero ahí, en el tamaño nimio de un expediente. Ahí queda encarnada la falta de seguimiento, la parálisis de los deudos, la derrota material y moral del sistema de justicia. Lo que permanece sin castigo, o lo que no puede castigarse por parte de la legislación, se materializa en unas cuantas hojas mal redactadas, formatos repletos de tachones, rellenos a toda velocidad, pruebas periciales que se ordenan, pero no se llevan a cabo. Descripciones entrecortadas del lugar de los hechos, fotografías revueltas, resultados de laboratorio sin fechas, hipótesis sin confirmación, grapas carcomidas por el óxido del tiempo”.

Profundizar en el dolor en medio de la indolencia del Estado y de la misma sociedad altera el orden y los objetivos; eso le sucedió a Rivera Garza: “antes solo quería encontrarlo y que se presentara ante el sistema judicial. La presentación y sustracción del expediente del libro obedeció, desde el comienzo, a esa relación orgánica y tensa con la impunidad. Mis decisiones, siendo como eran literarias, nunca dejaron de ser, en su raíz, políticas”.

Sabemos de la impunidad por definiciones judiciales, por cifras escalofriantes que la confirman y por las protestas cada vez más numerosas que la empuñan, ¿pero tenemos idea de qué es vivir con la impunidad y cómo es despertar con ella cada mañana y cerrar los ojos en la oscuridad, en su más implacable compañía?, se pregunta.

“La impunidad, por principio de cuentas, trastoca el principio de realidad. Una vez que su mano feroz te roza la piel o se mete en tus entrañas, la impunidad le quita el velo de normalidad a la vida de todos los días. Sabes —y lo sabes a ciencia cierta— que la relación entre el Estado y el ciudadano, sobre la cual se asientan nociones y prácticas básicas de seguridad y pertenencia, se ha roto para siempre”.

Y lo confirma: “a pesar de un cúmulo de documentos que confirman tu vinculación con el Estado —el acta de nacimiento, los certificados de educación pública, tu número de seguridad social, actas de matrimonio—, sabes que el Estado no te quiere. Que tu seguridad y la de los tuyos no importan. Que ya no formas parte de esa relación”.

Sus palabras, que resuenan en la sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario, se sienten: “La impunidad te transforma en un paria y te marca la frente con el hierro candente del desterrado. En un inicio, la impunidad es una desterritorialización. Las leyes que protegen y dan sentido a la vida de los otros no te competen; la legalidad que en apariencia rige toda forma de convivencia social no te compete; la justicia que, en principio, previene o restaura disparidades de poder no te compete”.

La figura de una mujer que grita, pero que no puede huir de su propio grito: esa es la imagen de la impunidad que corre a toda velocidad junto a ti, de tu mano, sobre un campo minado. La voz de Cristina Rivera Garza continúa y refiere a distintas voces literarias en las que guarda conceptos para seguir describiendo la ira, el dolor y la soledad.

En una conferencia que transformó, con el sentido de sus palabras, en una cátedra que sintetiza los sentires del dolor, lanzó un mensaje esperanzador: “si no fuera porque somos muchas, somos tantas sobreviviendo a la intemperie, inermes más que vulnerables ante la impunidad, también la historia terminaría en la rabia y en el triunfo del Estado y de la indolencia del sistema civil. Pero, por desgracia, somos muchas y, por fortuna, nos encontramos”.

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