PUEBLA.- En Tlaxcala, la tierra huele a humo viejo y a agua envenenada. Si uno camina por las orillas del Zahuapan o del Atoyac, lo que encuentra no es un paisaje natural sino un catálogo de daños: espuma química, basura arrastrada por años de omisiones y un silencio incómodo que la autoridad insiste en llamar “progreso”.
Este miércoles, organizaciones y colectivos comunitarios de la Cuenca del Alto Atoyac (CAA) pusieron nombre, texto y memoria a aquello que el gobierno de Lorena Cuéllar Cisneros ha intentado encapsular como “desarrollo”: una devastación socioambiental que se profundiza a la par de proyectos industriales, urbanos y turísticos que no consultan a nadie, no cumplen con evaluaciones ambientales y violan directamente el Acuerdo de Escazú.
Son obras que presumen modernidad —la llamada Ciudad Administrativa, la Ciudad de la Juventud, la Ciudad de la Cultura y el Entretenimiento, el libramiento de Calpulalpan— pero que irrumpen en territorios campesinos y comunitarios con la lógica del despojo. Proyectos que prometen futuro mientras perforan los cimientos del tejido biocultural que sostiene la identidad tlaxcalteca.
“Las ciudades impuestas son el disfraz aspiracionista de un modelo que niega a los pueblos”, señalan las organizaciones. Y basta mirar alrededor: la ruralidad desplazada por inmobiliarias, los huertos de traspatio convertidos en lote para alquiler, la tierra encarecida y el agua secuestrada por la industria.
Un saneamiento de ríos que solo limpia la superficie
Este año, el gobierno estatal y la Conagua anunciaron jornadas de “saneamiento” de los ríos Atoyac y Zahuapan. La estrategia: recoger basura, plantar árboles, construir plantas de tratamiento municipal. La realidad: más de 100 sustancias tóxicas industriales siguen fluyendo en el agua, impregnando suelos, aire y cuerpos.
Los tiraderos están al límite, los incendios se multiplican, la basura se quema en patios ante la falta de recolección, y el gobierno propone entregar el manejo de residuos a empresas privadas sin resolver la raíz del problema: la reducción, clasificación y transformación comunitaria de los desechos.
Una cuenca que enferma
La CAA no es una metáfora: es una Región de Emergencia Sanitaria y Ambiental. El propio informe estratégico publicado en el sexenio pasado lo dejó claro: el cáncer, el daño renal crónico y otras enfermedades están presentes aquí con tasas muy superiores al promedio nacional. La causa no es un misterio: tóxicos industriales, agroquímicos, agua contaminada, aire cargado de emisiones sin regulación.
Mientras tanto, los sistemas de salud permanecen sin infraestructura suficiente para atender a quienes enferman por un modelo económico que privilegia corredores industriales, polos de desarrollo y maquilas por encima de la vida.
Bosques vulnerados y montañas fracturadas
En la Matlalcuéyetl, la tala inmoderada, la expansión inmobiliaria y proyectos como el Ecoparque Tlalli amenazan un ecosistema que no reconoce fronteras: lo que se daña en Puebla se resiente en Tlaxcala, y viceversa. El gusano descortezador y el muérdago avanzan, mientras las autoridades discuten normativas que impiden la acción conjunta entre ambos estados.
La voz de las comunidades es clara: sin su conocimiento, sin su presencia, no habrá restauración posible.
Gentrificación: cuando los pueblos mágicos se vuelven pueblos trágicos
El turismo, promovido como motor económico, ha terminado por expulsar a los mismos habitantes que dan vida a las comunidades. En Tlaxcala, la gentrificación no solo eleva los precios de la tierra y del agua: reordena el territorio para complacer demandas externas, borra prácticas comunitarias, desaloja artesanas y artesanos históricos —como ocurrió en el centro de la capital— y vuelve insostenible la vida cotidiana.
“Nos despojaron para presumir un patrimonio que ya no es nuestro”, denuncian.
Las exigencias: vivir no debería ser un acto de resistencia
Las organizaciones demandan al gobierno de Tlaxcala reconocer la crisis, detener megaproyectos, frenar la expansión industrial, respetar los usos y costumbres de los Comités Comunitarios del Agua y aplicar políticas de Basura Cero y de cuidado real de la Matlalcuéyetl.
La frase que encabeza su pronunciamiento resume el sentir colectivo de un territorio cansado de sobrevivir en emergencia: “No hay justicia social sin justicia ambiental”.