MÉXICO.- En Oaxtepec, Morelos, el sonido llega antes que las palabras: tambores que marcan el paso de más de 1,500 niñas, niños y jóvenes que ensayan bajo el sol tibio de noviembre. Vienen de 26 estados del país y cargan consigo algo más que partituras y coreografías: traen sus voces, las de sus pueblos, las de sus abuelas, las que la historia intentó borrar y hoy regresan a ocupar el centro de México.
El campamento artístico de la Fiesta de las Culturas Comunitarias “Yoltlatjoli – Voces Vivas” es un archipiélago de lenguas. Entre los árboles del Centro Vacacional IMSS Oaxtepec se escuchan palabras amuzgas, nahuas, rarámuri, mazahuas, otomíes, mixtecas, chichimecas jonaz, popolucas, totonacas, tlapanecas y más. Veinticinco lenguas distintas conviven como si siempre hubieran sentido este territorio como suyo. Y quizá sí: están de vuelta.
Cada grupo —coros comunitarios, bandas infantiles, colectivos de teatro, danza y escritura— ensaya una parte del mosaico que este sábado 22 de noviembre, a las 17:30 horas, estallará en el Zócalo capitalino. Será una presentación multitudinaria, pero también íntima: un encuentro donde la niñez indígena dirá al país lo que quiere decir, con sus palabras, en sus idiomas, desde su cosmovisión.
La escena previa ya se probó: niñas tzotziles entonando Bolom chon, ese canto que retumba como selva viva; niñas rarámuri cruzando el espacio como si corrieran entre montañas; 101 niñas que integran la Banda Comunitaria Tradicional de Mujeres Indígenas soplando al unísono instrumentos que antes eran territorio casi exclusivo de los varones. Lo mismo ocurre con el Coro Nacional Comunitario, ensamblado con voces de infancias de Casas y Comedores de la Niñez Indígena del INPI. Todas debutarán juntas en el corazón del país.
“Es una fiesta de música y poesía”, dice la directora escénica Jesusa Rodríguez, quien coordina el montaje junto con la artista Clarissa Malheiros y el poeta Mardonio Carballo. “Todo lo que se dirá fue escrito por ellas y ellos. Vamos a escuchar cientos de corazones”.
La palabra “Yoltlatjoli” no es una metáfora: significa voces vivas. Y eso es lo que se levanta en cada ensayo. Una vitalidad que nace de la resistencia de cinco siglos, pero también del trabajo cotidiano de programas como Cultura Comunitaria, el INPI, el Gobierno de la Ciudad de México, el IMSS y IMSS-Bienestar, que han logrado una alianza inédita para reunir a esta multitud de pueblos.
Lo explica Roberto Rentería Yrene, titular del Sistema Nacional de Fomento Musical:
“La participación de estas infancias y juventudes evidencia el crecimiento del programa y la oportunidad de trabajar de la mano con las comunidades”.
En el campamento, la jornada es larga. Se juega, se canta, se prueba escena, se corrige. Las Malinches, niñas que guían dinámicas de creación colectiva, piden moverse en círculos. Cada pausa es un descubrimiento: “reconozcan a los otros animales”, dicen, y los grupos representan peces, jaguares, aves, serpientes. Las niñas del norte y del sur encuentran un ritmo común.
Es un ensayo, pero podría ser ya la presentación final. El eco del canto Cielito lindo —ahora interpretado en náhuatl, tseltal y totonaco— se queda vibrando en el aire. Los instrumentos descansan. Las niñas ríen. Las lenguas también.
Pronto estarán frente al país entero.
Y entonces, desde el Zócalo, el corazón de México será un coro: 25 lenguas, cientos de voces, una sola fuerza que sigue diciendo: aquí estamos, seguimos, hablamos, cantamos, resistimos.