En el marco de una reconfiguración rumbo a 2027, no sorprende que, en la escena nacional, la izquierda partidaria se encuentre en un punto de inflexión donde lo que más preocupa es la crítica interna y no los desvaríos de la derecha. No es una crisis, sino un momento de definición política que obedece a la propia génesis de Morena. Es decir, todo hasta aquí es normal, necesario y previsible. Lo que sí resulta ilegible —y probablemente desesperanzador— es el alcance de esta recomposición interna en estados como Puebla, donde el espíritu morenista se desvanece junto con el ánimo de su base.
Es claro que, como partido, en las próximas elecciones Morena no perderá ni un ápice del poder que ha ganado en Puebla; pero como movimiento social y político corre el grave riesgo de quedar sepultado. Quizá los visores nacionales no alcancen a dimensionar lo que esto significa; y si lo ven, quizá no comprendan el costo de condenar a un pueblo a seguir siendo dominado por una élite política que cambia de color como quien cambia de estilo, que ve en Morena un trampolín al poder y no un proyecto con propósito.
Cuando Morena postuló a Miguel Barbosa Huerta a la gubernatura de Puebla, también definió la alineación política del PRI y del PAN en el poder local. La base morenista siempre supo que era un disparate: Barbosa —quien firmó el Pacto por México en 2012 y se convirtió en uno de los principales opositores al obradorismo— fue el abanderado de un partido que, desde Puebla, se acompañaba con un fervor que les costó a sus militantes la marginación y el desprecio de la clase política local.
Como era previsible, Barbosa —quien también ayudó a Rafael Moreno Valle a llegar a la gubernatura— sumó y fortaleció cuadros de la derecha poblana en Morena, un partido que instrumentalizó para perpetuar su poder con nepotismo.
La llegada del expriísta, expanista y ahora morenista Sergio Salomón Céspedes al gobierno de Puebla terminó por camuflar la derecha dentro de Morena. El hoy titular del Instituto Nacional de Migración (INM) guardó silencio frente a los abusos cometidos por Barbosa, replicó modelos fallidos de obra pública y fortaleció una agenda mediática proderecha que hasta ahora prevalece, pero con mayor organización. En Puebla lo reconocieron como el “gran reconciliador” en tiempos convulsos, pero en realidad fue el gran sepulturero de lo poco que quedaba de la izquierda en posiciones clave para seguir construyendo un cambio de régimen.
Con la llegada de Alejandro Armenta al gobierno bajo las siglas morenistas, las cosas no han cambiado mucho, aunque también es cierto que lleva poco tiempo en el cargo. Lo que sí ha dejado ver —voluntaria o involuntariamente— es que, en el campo de batalla social y político, se encuentra prácticamente solo. El nivel de las acciones de los perfiles “morenistas” que lo rodean es banal, discursivo y sin entendimiento del proyecto cuatroteísta.
Son muy pocos los miembros de su equipo que destacan por su trabajo y no por anécdotas cargadas de discriminación y clasismo, tanto en sus equipos de trabajo como en sus acciones de campo, que es el terreno real donde Morena se mide y ha sabido ganar adeptos.
El Congreso del Estado es un circo; la Comisión de Derechos Humanos, una oficina de relaciones públicas y eventos sociales; y las “corcholatas” que se han “destapado” exhiben más escándalos que proyectos políticos coherentes.
De los perfiles de izquierda se sabe poco o nada. Algunos son políticos que han venido a menos; otros, operativos sin poder de decisión ni propuesta. Los lugares clave en el gobierno están ocupados por expriístas y expanistas que desprecian ideológicamente a la izquierda y que aún creen que, con Armenta, todo volverá al viejo régimen. Ese, creo, es el punto ciego del gobernador: al no cumplir con las expectativas del pasado, corre el riesgo de provocar un descontento interno y masivo.
En resumen: mientras en la escena nacional Morena redefine su rumbo para recuperar su génesis como partido-movimiento, en Puebla se asiste al resurgimiento descarado —porque oficial ya existe con el presidente municipal de Puebla, Pepe Chedraui— de la derecha camaleónica y convenenciera, en un pluralismo donde el Partido Verde, Movimiento Ciudadano y la casi extinta Fuerza por México (entintada en vino) están en primera fila.
- Primer apunte: el PAN agoniza, porque sus exmilitantes ya están en Morena; los pocos que quedan buscan cómo imitar a la izquierda.
- Segundo apunte: las visitas continuas de la poblana María Luisa Albores, titular de Alimentación para el Bienestar, susurran esperanza para la izquierda en Puebla.
- Tercer apunte: los perfiles auténticamente de izquierda que levanten la mano rumbo a 2027 serán perseguidos con escándalos y narrativas mediáticas lubricadas con discursos que incitan miedo y odio.