Foto: BUAP

Cuando un Nobel habla de la vida (y de la muerte): Venki Ramakrishnan llena el CCU de la BUAP

En CIENCIA Y TECNOLOGÍA Yussel Dardón

PUEBLA, MÉXICO.- A las seis de la tarde, el auditorio del Complejo Cultural Universitario de la BUAP parecía respirar por sí mismo. Tres mil personas —jóvenes con libretas, profesores que no querían perderse el momento, curiosos atraídos por la palabra “Nobel”— aguardaban mientras el murmullo crecía como un oleaje contenido. El invitado, Venki Ramakrishnan, Premio Nobel de Química 2009, entró sin pretensiones, como quien está más interesado en conversar que en ser celebrado.

Lo primero que contó no fue una hazaña científica, sino una historia familiar: la curiosidad que heredó de sus padres, la misma que lo obligó a cambiar la Física por la Biología cuando se dio cuenta de que las preguntas más inquietantes estaban en otro territorio. Esa búsqueda lo llevó al ribosoma, esa “máquina genética” invisible que sostiene la vida y que él ayudó a descifrar. “A veces no sabes que te estás acercando a algo grande”, dijo. “Solo sigues las preguntas”.

La audiencia escuchaba en silencio absoluto. Cuando habló de la frustración de los experimentos fallidos, varios estudiantes asentían como si entendieran cada palabra en carne propia. “Lo difícil de la ciencia es que preguntas cosas que nadie sabe. La mitad de las veces no funciona”, confesó. Luego vino la frase que arrancó un suspiro colectivo: “El verdadero premio no es el Nobel. El verdadero premio es el momento en que logras entender algo. Se trata de disfrutar el viaje”.

Su visita a la BUAP también era parte del recorrido de promoción de su libro Por qué nos morimos, donde explora una obsesión tan antigua como la humanidad: cómo envejece el cuerpo, por qué se desgasta y si es posible retrasar ese proceso sin caer en la fantasía de la inmortalidad. Habló de ello sin solemnidad, pero con una claridad que dejaba ver la profundidad de sus inquietudes: “La muerte es un proceso multifactorial. Entenderla es entendernos”.

El ambiente cambió cuando comenzaron las preguntas enviadas por las y los estudiantes. Cuestiones sobre vocación, sobre ciencia industrializada, sobre la presión por publicar. Ramakrishnan no evadió nada. “La ciencia debe servir a la humanidad, no convertirse solo en una empresa”, dijo, y la rectora Lilia Cedillo lo escuchaba desde la primera fila, satisfecha de ver a la comunidad universitaria viviendo un momento irrepetible.

Horas antes, en una reunión más íntima con estudiantes destacados de la BUAP, el Nobel había conversado con ellos como si compartieran laboratorio. Les habló de técnicas, de los tropiezos que marcan el inicio de cualquier investigación y de la importancia de hacerse buenas preguntas. “No siempre tendrás resultados al primer intento”, les dijo. “Lo importante es insistir”.

Al finalizar la charla en el auditorio, muchos se quedaron en sus butacas, como queriendo prolongar ese viaje que Ramakrishnan les había pedido disfrutar. En el escenario, el científico agradecía y sonreía, quizá recordando —como insistió durante toda su visita— que nadie empieza pensando en premios. Se empieza por curiosidad. Y se continúa porque, en efecto, el camino es lo que vale la pena.

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