Foto: Gobierno de Puebla

Entre luces y sombras: Carbonell habita Puebla con un “cubil de quimeras”

En CAMALEONES Yussel Dardón
  • El Museo Internacional del Barroco abre sus salas a Selección personal y Cubil de quimeras, una exposición de 74 piezas de Santiago Carbonell que apuesta por acercar el arte a nuevos públicos mientras reactiva el debate sobre la democratización cultural en la entidad.

PUEBLA.- Hay exposiciones que se recorren y otras que se atraviesan. La de Santiago Carbonell pertenece a las segundas, al no limitarse a colgar cuadros, sino que construye una atmósfera donde la luz parece respirar y las figuras —detenidas en un instante de tensión— devuelven la mirada.

En Puebla, esa experiencia ya tiene lugar.

Con la inauguración de Selección personal y Cubil de quimeras en el Museo Internacional del Barroco, el discurso institucional apuesta por la “democratización de la cultura”. Pero más allá del enunciado, la pregunta se instala en las salas: ¿qué significa, en la práctica, abrir el arte?

La muestra reúne 74 piezas que condensan la trayectoria de un artista cuya obra se ha movido entre Europa y América, y que ha hecho del hiperrealismo un lenguaje cargado de intensidad emocional. En cada lienzo, el claroscuro no es sólo técnica, es narrativa. La luz revela, pero también oculta.

Durante la inauguración, el secretario de Cultura estatal, Fritz Glockner Corte, describió la obra como “un alarido a la vida y a la locura”. No es una metáfora gratuita. En Carbonell, la figura humana aparece suspendida entre lo íntimo y lo teatral, como si cada cuerpo cargara una historia que no termina de decirse.

El propio artista habló de voluntad política y de la necesidad de respaldar a quienes producen arte. En ese punto, la exposición se desplaza del lienzo al territorio: no sólo importa lo que se exhibe, sino quién puede acceder a ello.

La apuesta institucional incluye entrada gratuita y un programa paralelo de conferencias y talleres, con sesiones sobre claroscuro, tenebrismo y realismo contemporáneo, además de prácticas dirigidas a jóvenes y estudiantes.

Sin embargo, en una ciudad donde el acceso a la cultura sigue marcado por brechas territoriales y sociales, la democratización no se agota en abrir puertas. Implica sostener procesos, descentralizar espacios y construir vínculos más allá de los recintos.

Por ahora, la obra está ahí, con sus cuerpos que emergen de la sombra, gestos contenidos, silencios que pesan.

Durante cuatro meses, el museo será ese cubil donde las quimeras toman forma. Lo demás —la verdadera democratización— seguirá siendo una tarea en disputa.

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