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Cablebús y cinturón verde ¿Pueden la movilidad y el ambiente caminar juntos en Puebla?

En PUEBLA Yussel Dardón
  • Mientras el gobierno estatal impulsa la plantación de 10 mil árboles como parte de un programa de renovación del bosque urbano, colectivos ambientales y académicos se manifiestan contra el retiro de 746 ejemplares por la construcción del cablebús. La Ibero Puebla exige transparencia y estudios técnicos, en un debate que enfrenta infraestructura y servicios ecosistémicos.

PUEBLA.- En Puebla, el ambiente se volvió argumento. De un lado, el gobierno estatal sostiene que la plantación de 10 mil árboles en la zona metropolitana marcará un parteaguas ambiental tras décadas sin restauración arbórea de gran escala. Del otro, ambientalistas, vecinos y académicos advierten que retirar 746 árboles maduros para construir el cablebús implica un retroceso ecológico difícil de compensar.

El proyecto oficial contempla la creación de un llamado “cinturón verde” con especies endémicas —acacias, fresnos, palo dulce, tronadoras y cedros blancos— de entre 2 y 4 metros de altura, a sembrarse en puntos como el Parque Ecológico, el Centro Integral de Servicios (CIS) y el Parque Juárez.

De acuerdo con la Secretaría de Medio Ambiente estatal, una reforestación de esta magnitud podría capturar entre 100 y 250 toneladas de CO₂ al año y superar las 4 mil toneladas en dos décadas. También reduciría, asegura, entre 1 y 4 grados Celsius la temperatura urbana, disminuiría hasta 30% la escorrentía superficial y favorecería la biodiversidad, incrementando la presencia de aves y polinizadores.

El gobierno defiende que se trata de infraestructura verde estratégica, con impactos acumulativos en calidad del aire, regulación hídrica y mitigación de isla de calor. Incluso cita estudios internacionales que señalan que la implantación de arbolado puede reducir temperaturas máximas mensuales por debajo de 26 °C en la mayoría de las ciudades analizadas.

Foto: Gobierno de Puebla

Sin embargo, el anuncio ambiental coincide con el avance del cablebús, cuyo trazo contempla estaciones en el Parque Biblioteca, Cerro de Amalucan, Parque Juárez y un predio de la BUAP. Para su construcción el proyecto contempla el retiro de 746 árboles en parques consolidados.

Grupos de manifestantes y colectivos han realizado marchas en las que las consignas no rechazan la movilidad en sí, sino el modelo elegido:

“No al ecocidio, sí a la movilidad sustentable”.

Y es que acusan falta de información pública, ausencia de estudios de impacto ambiental detallados y modificaciones legales que facilitaron la intervención en áreas verdes.

La discusión no es menor en términos ambientales, pues los árboles maduros prestan servicios ecosistémicos acumulados durante décadas: capturan carbono, regulan temperatura, infiltran agua y sostienen corredores biológicos urbanos. Su sustitución por ejemplares jóvenes implica, según especialistas, un desfase ecológico de 25 a 30 años para recuperar beneficios equivalentes.

Por su parte, la Universidad Iberoamericana de Puebla se sumó al debate con un pronunciamiento público, expresando su preocupación por la remoción proyectada de más de 700 árboles y exhortó a presentar estudios técnicos transparentes, evaluar alternativas menos invasivas y abrir procesos amplios de participación ciudadana.

La Ibero subrayó que parques como el Ecológico y el Juárez albergan especies protegidas conforme a la NOM-059-SEMARNAT, como el pato mexicano (Anas diazi) y el gavilán de Cooper (Accipiter cooperii), además de ser escala para aves migratorias.

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El dilema urbano

La tensión crece porque ambos discursos apelan al futuro, pues mientras el gobierno afirma que la movilidad por cable reducirá emisiones y mejorará conectividad en zonas densamente pobladas, los colectivos sostienen que destruir arbolado consolidado para instalar infraestructura compromete precisamente la resiliencia climática que se busca fortalecer.

En el fondo, la pregunta es si una ciudad expandir su infraestructura de transporte sin sacrificar capital ambiental acumulado. ¿Es posible diseñar trazos que minimicen daño o compensaciones que no sean solo numéricas, sino ecológicamente equivalentes?

Puebla enfrenta un dilema clásico del desarrollo urbano contemporáneo. Movilidad y medio ambiente no deberían estar en bandos opuestos; sin embargo, lograr que caminen juntos exige planeación integral, información pública verificable y confianza social. Y, al momento, esa confianza se encuentra en construcción.

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