- Desde el campo del centro de México, el fotógrafo Iram Ortega captura instantes de asombro que desafían la lógica digital y reivindican la naturaleza como experiencia compartida entre quien mira y quien retrata.
PUEBLA, MÉXICO.- De la misma manera en que la poesía japonesa del haiku abrevia versos para capturar un instante, la mirada de Iram Ortega —fotógrafo que vive en el campo del centro de México— logra atrapar colores, detalles, formas y texturas de la naturaleza que despiertan asombro por lo cotidiano.
Al inicio no se lo propuso, pero ha consolidado una relación profunda entre su fotografía de naturaleza y los sentires y pensares de quien la contempla.
En entrevista con el periódico LEVIATÁN y la revista LA CAMPIÑA, el fotógrafo mexicano Iram Ortega comparte cómo su trabajo desafía la cotidianidad, el algoritmo e incluso la imprevisibilidad propia de la naturaleza en el instante de capturarla. Va más allá: al compartir su obra en redes sociales, construye una interacción que supera el cliché de que una fotografía cuenta una historia, porque, más que eso, expone emociones.

“A mí me gusta ver la foto como un haiku. Los maestros japoneses tienen esa visión de la naturaleza: sintetizar en algo muy breve un momento que los hacía sentir o que percibían de ella. Para mí, la foto, más que una historia, es un haiku”, dice.
Aunque Iram tiene una gran afinidad por los haikus, también parte de la idea de que la fotografía es un acto recíproco: no surge sólo cuando se toma, sino cuando se mira.
“Yo tengo la convicción de que una fotografía no sólo la hace quien la toma con una cámara, sino también quien la mira. Alguien puede ver algo totalmente distinto a lo que yo percibo, y esa es parte de la magia de la fotografía. Me gusta pensar que una foto la componen dos miradas: quien la hace y quien la observa. Yo empecé a hacer fotografía por eso”, explica.
Iram Ortega vive en el campo, en una zona limítrofe entre el Estado de México y Querétaro, entre Aculco y Amealco. Desde ahí teje múltiples vínculos con lo que retrata, especialmente porque tiene plena conciencia de que forma parte de la naturaleza que fotografía, una cualidad que muchas personas pierden, sobre todo cuando viven en el caos de la ciudad.
Por ello comulga con la idea de que la naturaleza se retrata a sí misma: la luz —esencia de la fotografía— captura el entorno del que surge. “Me gusta ese concepto de la fotografía y la naturaleza retratándose a sí mismas. Siempre me he sentido parte de la naturaleza; si soy parte de ella, soy la naturaleza retratándose a sí misma”, añade.
Aunque él nunca lo afirma directamente —porque sus imágenes son tan potentes que las palabras sobran—, su trabajo tiene una incidencia que va de lo individual a lo colectivo. En lo personal despierta emociones diversas; en lo social, revela la belleza y la realidad que nos rodea, en un mundo que parece admirar más los contenidos creados por inteligencia artificial o moldeados por algoritmos al ritmo del mercado.
“Me gusta pensar que mi fotografía es parte de un agente de cambio. Un algoritmo está plagado de contenido basura; publicar una foto de naturaleza es poner el enfoque en lo que existe, en lo real. También toca la arista de la ecología. Es ir en contra de la lógica del algoritmo”, afirma.
Nubes iridiscentes, la Vía Láctea, lunas fragmentadas, árboles secos, atardeceres intensos, milpas de la vida rural, nopaleras que sirven de refugio a diversas especies, fragmentos de valles y bosques, montes cubiertos de neblina y sereno, ramas frescas que sostienen frondas ruidosas, horizontes con amapolas silvestres, gotas atrapadas en el tejido de una telaraña como un collar de perlas, insectos diminutos que trabajan en silencio, rayos de sol en múltiples direcciones, flores, hojas, volcanes, vuelos y cantos: así es la fotografía del asombro de Iram Ortega.

No podría ser de otra manera. La tranquilidad de vivir en el campo le otorga una intención artística cercana a lo que se conoce como “la mirada de principiante”: observar como si fuera la primera vez, permitirse el asombro.
“Realmente me gusta mirar y sentir las cosas como si fuera la primera vez. Hay distintas maneras de nombrarlo, pero si uno percibe la vida desde uno mismo —por ejemplo, el simple hecho de respirar— todo es un milagro. Mi filosofía va de la mano con eso: percibir todo como un milagro, y la naturaleza —de la que somos parte— lo es”, reflexiona.
Ejemplos sobran. El tepozán, arbusto nativo del centro del país que regenera suelos, infiltra agua de lluvia y controla la erosión, suele ser visto como “maleza”. Sin embargo, extranjeros que lo observan en sus fotografías expresan asombro por su belleza.
Aunque Iram disfruta retratar aves —uno de sus objetivos permanentes— integrándolas con árboles secos, lunas o soles, no siempre lo consigue. Aun así, ha logrado imágenes extraordinarias, como una de sus favoritas: un milano cola blanca (Elanus leucurus) bajo un maizal.

Esta ave, posada sobre un árbol seco, demuestra que cada elemento del entorno, incluso aquel que parece muerto, cumple una función en el ecosistema rural: “es el lugar donde se posan las aves y donde hay otro tipo de vida”.
A pesar de los tiempos de colapso ecológico, Iram mantiene esperanza: “Creo que si migramos un poco la visión hacia lo comunitario y lo natural, este mundo se puede salvar; de otra forma, está complicado”.
Mientras tanto, su mirada continúa capturando fragmentos fascinantes que nos recuerdan que lo más valioso del entorno no siempre es lo que se compra, sino lo que ya poseemos, aunque la cotidianidad nos impida verlo.
Puede consultarse su trabajo en:
X: @chaino
Instagram: @impermanencia
Blog: iramortega.net