Foto: UNAM

Sin mujeres no hay ciencia pero el sistema que la rodea sí arrastra desigualdades

En CIENCIA Y TECNOLOGÍA Camila Jiménez
  • En el marco del 11 de febrero, Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, académicas y académicos de la UNAM advierten que, aunque la presencia femenina ha crecido, la desigualdad estructural y el techo de cristal siguen limitando su acceso y liderazgo en los espacios científicos.

MÉXICO.- La ciencia no tiene género, pero el sistema que la rodea sí arrastra desigualdades históricas. En el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, especialistas de la UNAM reconocen los avances en la participación femenina, pero advierten que el camino hacia la paridad aún es largo y requiere acciones concretas.

María Soledad Funes Argüello, coordinadora de la Investigación Científica de la UNAM, señala que a nivel mundial apenas 30 por ciento de quienes hacen ciencia son mujeres, una cifra que revela una brecha persistente. “Va a costar años remediarlo, pero lo esencial es que lo empecemos a hacer”, subraya.

El informe Status and Trends of Women in Science. New Insights and Sectoral Perspectives (2025) de la UNESCO confirma el rezago: aunque las jóvenes tienen mayor probabilidad de matricularse en educación superior que los hombres, solo 35 por ciento de las personas graduadas en ciencias son mujeres, y apenas una de cada tres personas investigadoras en el mundo es mujer.

Cerrar esta brecha, advierte el organismo internacional, no es solo una cuestión de justicia social, sino de calidad científica. Sin igualdad de género, la ciencia pierde pertinencia, diversidad de enfoques e impacto.

Desde una perspectiva feminista, Funes Argüello enfatiza que la inclusión no es simbólica: las mujeres aportan miradas distintas que fortalecen los proyectos científicos. “Cualquier trabajo realizado de manera conjunta será más sólido y robusto”, explica.

Sin embargo, persisten barreras estructurales. En áreas como física y matemáticas, la representación femenina en algunos espacios académicos apenas alcanza 20 por ciento. Además, continúan operando estereotipos que asocian el liderazgo científico con figuras masculinas, mientras que la maternidad o la feminidad siguen siendo vistas como incompatibles con la dirección académica.

Durante décadas, incluso los estudios farmacológicos se realizaron exclusivamente en ratas macho, ignorando las diferencias biológicas y dejando fuera a la mitad de la humanidad. Este ejemplo, señala Funes, demuestra cómo la exclusión también impacta en el conocimiento producido.

Para Arturo Menchaca Rocha, investigador emérito del Instituto de Física, no existe ninguna limitación biológica que impida a las mujeres dedicarse a las ciencias más complejas. “Romper el techo de cristal requiere acciones afirmativas; hay que forzar oportunidades para que se abran los caminos”, sostiene.

Aunque reconoce avances —como la presencia de mujeres en direcciones de institutos y en la coordinación de la Investigación Científica—, advierte que el proceso se ha desacelerado. La transición hacia la paridad necesita mayor impulso institucional y compromiso político.

El 11 de febrero, proclamado por la ONU en 2015, no solo celebra las contribuciones de mujeres y niñas en la ciencia, también recuerda que la igualdad es una condición indispensable para enfrentar los desafíos globales. El lema 2026, “De la visión al impacto: redefiniendo STEM cerrando la brecha de género”, interpela a transformar diagnósticos en acciones.

Porque la decisión de hacer ciencia no tiene género.
Pero garantizar que todas puedan hacerlo, sí es una responsabilidad colectiva.

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