- La compositora y académica de la UNAM, Gabriela Ortiz, ganó tres premios Grammy por Yanga, una obra que celebra la memoria histórica, la libertad y la fuerza de la música para expresar la condición humana.
MÉXICO.- Hay músicas que se escuchan y otras que se sienten. Las de Gabriela Ortiz pertenecen claramente a la segunda categoría. Este año, la compositora mexicana y profesora de la Facultad de Música de la UNAM volvió a hacer historia al recibir tres premios Grammy por su álbum Yanga, una obra poderosa que dialoga con la memoria, la libertad y la identidad.
A diferencia del año pasado, cuando fue reconocida por Revolución Diamantina, una pieza sobre las violencias que enfrentan las mujeres, ahora el reconocimiento llega por una obra que mira hacia el pasado para entender mejor el presente: Yanga, inspirada en la rebelión encabezada por Gaspar Yanga, líder africano que luchó contra la corona española en la Nueva España y fundó el primer pueblo libre del continente, en lo que hoy es Veracruz.
De los tres Grammy obtenidos, dos fueron directamente para Ortiz: Mejor Compendio Clásico y Mejor Composición Clásica Contemporánea, esta última por Dzonot, un concierto para violonchelo incluido en el mismo álbum. El tercer galardón fue para el Coro Maestro de Los Ángeles, por su interpretación coral de Yanga.
Una vida atravesada por la música
Gabriela suele decir que la música no fue una elección, sino un destino. Desde muy pequeña reaccionaba a los sonidos, a las emociones que despertaban las melodías. En casa convivían Cri-Cri, los Beatles, el folclor latinoamericano y Beethoven. Sus padres, fundadores del grupo Los Folkloristas, hicieron de la música una presencia cotidiana.
Entre guitarras, charangos y ejercicios lúdicos de composición, descubrió que no solo quería interpretar, sino crear. Ese camino la llevó a la UNAM, institución a la que está profundamente ligada desde el bachillerato y donde más tarde se formó profesionalmente, realizó estudios de posgrado y hoy es académica.
“Le debo muchísimo a la Universidad”, ha dicho. No solo por su formación, sino por las becas y el respaldo que le permitieron estudiar en Inglaterra y consolidar una carrera internacional. Para ella, la docencia es también una forma de retribuir.
Componer para decir lo que duele… y lo que importa
Las obras de Gabriela Ortiz no son ajenas al mundo que habitamos. Feminismo, ecología, memoria histórica, identidad afromexicana: todo eso aparece en su música porque, como ella misma explica, la música es su manera más honesta de hablar.
“La música puede expresar la condición humana de una manera sublime”, afirma.
Y lo hace, no desde el discurso académico, sino desde la emoción, el ritmo y el sonido.
Yanga nació como la idea de una ópera que nunca se concretó, pero encontró una nueva vida cuando Gustavo Dudamel le pidió escribir una obra para coro y orquesta que dialogara —nada más y nada menos— con la Novena Sinfonía de Beethoven. El reto era enorme, pero Gabriela optó por huir de la comparación y construir algo completamente distinto, profundamente latinoamericano.
El resultado es una obra que mezcla raíces africanas, europeas y originarias, con percusiones, coros y una identidad sonora propia. Una música que habla de libertad, pero desde otra historia y otra voz.
Música que también cuida la tierra
En Dzonot, otra de las piezas premiadas, Gabriela aborda su obsesión con el agua. Inspirada en los cenotes y en la crisis hídrica que enfrenta el país, la obra refleja la belleza y la fragilidad de estos ecosistemas, amenazados por el desarrollo y la pérdida de biodiversidad.
Así, su música se convierte en un espacio donde conviven arte, conciencia y memoria.
Tres Grammy después, Gabriela Ortiz confirma que la música mexicana contemporánea tiene voz propia, fuerza internacional y una profunda raíz universitaria. Y que, cuando se crea desde la honestidad, el mensaje llega… incluso sin palabras.