- Renée Nicole Macklin-Good, poeta y ciudadana estadounidense, fue asesinada por un agente del ICE durante un operativo migratorio en Mineápolis. Su muerte desató protestas nacionales y reabrió el debate sobre la violencia estatal.
MÉXICO.- Renée estaba en su auto, bloqueado una calle como quien interpone el cuerpo —o el gesto— entre el miedo y los otros. No era migrante, no tenía investigación abierta, no huía de nada salvo del abuso. Renée Nicole Macklin-Good tenía 37 años, era ciudadana estadounidense y poeta. Murió tras los disparos de un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en Mineápolis, durante un operativo federal que hoy divide a Estados Unidos entre la indignación y la justificación.
Los videos circulan con la frialdad de la repetición: agentes rodeando el vehículo, órdenes gritadas, un intento de avanzar, disparos al parabrisas. El auto fuera de control, luego el final. Muy cerca de ahí, a menos de dos kilómetros, George Floyd fue asesinado en 2020.
Las autoridades federales hablaron de defensa propia y el presidente Donald Trump calificó la escena como “horrible”, pero respaldó al agente. La secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, fue más lejos: llamó a Renée “terrorista doméstica”. El alcalde de Mineápolis respondió sin rodeos: “basura”. Para él, lo ocurrido no fue seguridad, sino caos impuesto.
En medio del ruido político, una vida concreta quedó suspendida. La madre de Renée, Donna Ganger, la describió como una mujer profundamente compasiva; “Cuidó de la gente toda su vida”, dijo. Tenía un hijo de seis años que ahora ha quedado huérfano, vivía con su pareja en las Ciudades Gemelas y escribía.
Renée estudió Creative Writing. En 2020 ganó el Academy of American Poets, University & College Poetry Prize. Publicó en revistas como Baltimore Review y poets.org. Su nombre circulaba en la poesía contemporánea estadounidense antes de circular en titulares policiales.
Tras su asesinato, Círculo de Poesía publicó un poema suyo, con traducción de Andrea Rivas, como un gesto mínimo —y necesario— de duelo. Leerla hoy es leer a alguien que pensaba el cuerpo, la ciencia, la fe y la fragilidad desde un lenguaje exacto y desobediente.
En “Sobre aprender a diseccionar fetos de cerdos”, Renée escribe —en la traducción de Andrea Rivas—:
“quiero de vuelta mis sillas mecedoras,
atardeceres solipsistas,
& sonidos de junglas costeras…”
Más adelante, mientras enumera términos científicos en una madrugada cualquiera, deja caer una de las imágenes más brutales y bellas de su escritura:
“tal vez ahí entre mi páncreas y mi intestino grueso está
el arroyo insignificante de mi alma.”
Y hacia el final, como si presintiera la forma en que el poder reduce la vida a cifras y causas oficiales, escribe:
“la vida es solo
un óvulo y un esperma
y el lugar donde se encuentran
y lo que ahí muere.”
Renée murió en un país que discute migración como amenaza y seguridad como espectáculo armado. Murió por intentar cuidar. Por mirar. Por estar. La investigación sigue abierta, pero la palabra ya no puede ser devuelta a su cuerpo.
Queda su poesía y la memoria incómoda de una mujer que no era “terrorista”, ni “agitadora”, ni “objetivo”, sino poeta. Y en un tiempo de discursos de guerra, eso es una forma de resistencia.
Con información de Infobae