MÉXICO.- Al caer la tarde, el Zócalo volvió a ser corazón. No el de ceremonias oficiales ni el de fiestas patrias, sino uno que latía en 25 lenguas distintas, cada una con su propia música, con sus propias memorias. Miles de personas llegaron para mirar algo que no ocurre todos los días: niñas, niños y jóvenes ocupando la plaza más simbólica del país para decir, con firmeza y alegría, que la palabra indígena sigue viva.
Desde temprano, el espacio se transformó en un gran Cuicalli, una Casa de Canto y Poesía levantada a cielo abierto, donde la memoria se transmitía en tarimas, voces, pasos de danza y tapices hechos por manos pequeñas. A un costado, madres y abuelos miraban con un orgullo silencioso: los suyos estaban en el centro del país, nombrando el mundo en otomí, wixarika, maya, purépecha, náhuatl, ayuujk.
La puesta en escena, dirigida por Jesusa Rodríguez y musicalizada por el Sistema Nacional de Fomento Musical, tomó forma de árbol: la Ceiba, sagrada para tantas culturas, cuyas raíces se hunden en territorios remotos pero cuyo tronco se alzó ese día sobre el asfalto. Sobre la tarima, el dibujo de este árbol —creado por niñas, niños y adolescentes del INPI y de los programas culturales comunitarios— parecía crecer conforme se encendían las voces de los 1,500 participantes provenientes de 26 estados.







Jarabes mixtecos, sones huastecos, pirekuas, danzas, poesías en lenguas a veces escuchadas por primera vez para muchos asistentes: una coreografía coral que convertía a la plaza en territorio común. “La pluriculturalidad solo puede entenderse si nos acercamos a la musicalidad de las lenguas”, había dicho minutos antes Claudia Curiel de Icaza, secretaria de Cultura, como quien anuncia que lo que está por ocurrir no es un espectáculo, sino un acto profundo de identidad.
En medio del escenario, la Banda Comunitaria Tradicional de Mujeres Indígenas, con más de cien músicas provenientes de siete estados, sostuvo el pulso de la fiesta. Cada nota parecía abrir un camino: uno hacia atrás, hacia las raíces; otro hacia adelante, hacia un futuro donde la niñez indígena no solo exige derechos lingüísticos, sino que los ejerce a plena voz.
Cuando tomó la palabra, la jefa de Gobierno, Clara Brugada, habló de transformación y comunidad, pero la escena ya se explicaba sola: cientos de infancias demostraban que la cultura, antes que discurso, es una forma de habitar el mundo sin pedir permiso.
La fiesta cerró con un mensaje que no necesitó micrófonos: las lenguas que nombran al país merecen escucharse todos los días. Y esa noche, el Zócalo, convertido en un gran auditorio del origen, pareció responderles con un eco antiguo: aquí están, aquí siguen, aquí se quedan.