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El miedo de los hombres y el #RelanzamientoPAN

En COLUMNAS Damián Romero Suárez

La emancipación de las mujeres ha sido el hecho político más decisivo del último medio siglo. Su incorporación masiva al trabajo, su acceso a la educación, al voto efectivo y a los derechos reproductivos han transformado la estructura de poder en todas partes. Sin embargo, ese avance ha dejado a una parte de la población masculina sumergida en una sensación de pérdida: pérdida de estatus, de certezas, de privilegios. Una parte de esos hombres, incapaz de leer la igualdad como liberación común, la vive como amenaza.

Los datos son claros: entre la población de 18 a 29 años, la ideología de los hombres y las mujeres se separa abruptamente. En Corea del Sur, el porcentaje de hombres jóvenes que se identifican con posiciones conservadoras pasó de 30% en 2010 a casi 45% en 2024, mientras que las mujeres del mismo rango de edad bajaron a menos de 10%. En Estados Unidos, el 38% de los hombres jóvenes se declara hoy conservador, frente a sólo 18% de las mujeres. En Alemania y el Reino Unido, los datos muestran el mismo fenómeno: cerca del 35% de los hombres se inclina por la derecha, frente a apenas 15% de las mujeres.

En todos los casos, los hombres jóvenes adoptan posturas cada vez más tradicionalistas, mientras las mujeres avanzan sostenidamente hacia la igualdad y la diversidad. El resultado es una generación que comparte edad, pero no visión del mundo. Donde ellas buscan ampliación de derechos, ellos reclaman jerarquías perdidas. Esa divergencia no es un detalle estadístico: es el nuevo eje que redefine el mapa político global.

La derecha ha sabido leer a ese sector masculino resentido y construirle un castillo de pureza, presentándose como defensa de la familia, de la tradición, de la masculinidad. Es un guion que vimos el siglo pasado: se canalizan frustraciones reales —como la precariedad, la soledad o la incertidumbre— hacia un enemigo simbólico. En la narrativa de la nueva derecha, las mujeres que alzan la voz son las culpables de que los hombres se sientan desplazados.

El resultado es una reacción global de género: una contrarreforma cultural que busca reinstalar jerarquías tradicionales bajo un nuevo empaque digital, con influencers, campañas de odio y falsas banderas. Trump, Bolsonaro, Milei y sus equivalentes europeos lo entendieron bien: el miedo es rentable. Convertir la ansiedad masculina en identidad política asegura votos, clics y donaciones. Es el nuevo opio del resentimiento.

Y México no está al margen. Esta semana, el PAN relanzó su imagen bajo el lema “Patria, familia y libertad”, una consigna que podría haber salido de la mente perturbada de Eduardo Verástegui. No es casualidad: es apelar al miedo de los hombres ante un orden social que ya no los coloca como amos. El partido que alguna vez se presentó como liberal-conservador se alinea ahora con los movimientos reaccionarios que, en nombre de una falsa moral, combaten los avances de las mujeres y de las diversidades sexuales.

La autonomía de la mujer es, hoy más que nunca, el campo de batalla donde se define si la democracia avanza o retrocede. Porque cada vez que se retrocede en el derecho a decidir, en el acceso a la justicia o en la representación política de las mujeres, lo que se debilita no es una causa, sino la posibilidad misma de la igualdad.

En México no hay espacio para la ambigüedad. Ni un paso atrás. Defender los derechos conquistados, reforzar los mecanismos contra la violencia estructural y ampliar las garantías de igualdad no son tareas accesorias: son la base de una sociedad libre. Frente a la reacción organizada del miedo, la única respuesta posible es la organización de la esperanza.


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