Incel, violencia y desesperanza: lo que el caso BUAP nos obliga a mirar

En Editorial Yussel Dardón | Director

Brandon N., estudiante de la BUAP, nunca disparó un arma, pero lo que escribió bastó para activar las alarmas. En redes sociales, sus mensajes eran una mezcla de odio, frustración y misoginia, hablando de venganza, del rechazo de las mujeres y del desprecio que sentía por su entorno. Se definía como parte de los incel, una comunidad digital que agrupa a hombres “célibes involuntarios” que responsabilizan a las mujeres —y al sistema social en general— de su soledad y su falta de éxito afectivo.

En foros virtuales, los incel han construido un lenguaje propio de victimización masculina y resentimiento. No se trata solo de soledad, sino de una ideología que glorifica la violencia como reparación simbólica.

Jóvenes que transformaron su frustración en culto y su aislamiento en discurso de guerra.

Brandon reproducía esa narrativa.

Se sentía humillado por su cuerpo, por su color de piel, por no encajar. Su mundo era el de los videojuegos, los foros y las fantasías de revancha.

Como muchos incel, encontró en la misoginia una explicación simplificada para el dolor: si no lo aman, si lo rechazan, si se burlan de él, es porque las mujeres —no la estructura social, no su contexto emocional— son el enemigo.

La Fiscalía de Puebla lo detuvo antes de que ese odio se transformara en tragedia. Se evitó una masacre, dicen. Pero lo que no se ha evitado es la semilla del problema: una salud mental deteriorada y una cultura universitaria que reacciona tarde, con comunicados, sin estrategias de fondo.

La BUAP, como muchas instituciones educativas del país, enfrenta un desafío mayor que la seguridad perimetral:

¿Cómo detectar y atender la desesperanza, la depresión, el aislamiento?

¿Qué red de apoyo tienen los jóvenes cuando se sienten invisibles o violentados?

El caso debería encender alarmas sobre la necesidad de políticas de salud mental permanentes, no solo reactivas. Espacios donde se hable del acoso, del rechazo, de las masculinidades que se confunden con dominio, y de cómo la frustración puede convertirse en violencia.

Porque lo que Brandon representa no es un monstruo aislado, sino el síntoma de jóvenes desconectados, emocionalmente fracturados, buscando reconocimiento en la rabia.

Una universidad no puede conformarse con decir “se evitó la tragedia”. También debe preguntarse qué pudo hacer para evitar que esa tragedia se imaginara siquiera.

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