El problema no es “con quién sales”, sino quién controla el discurso

En Editorial Yussel Dardón | Director

El hallazgo del cuerpo de Betsaida, de apenas 19 años, en el municipio de Coronango, volvió a poner a Puebla en la lista negra de los feminicidios que ya no caben en los comunicados oficiales. Su muerte es un recordatorio de lo que significa vivir en un país donde la violencia feminicida se volvió paisaje, y donde los discursos del poder, en lugar de enfrentarla, insisten en revictimizar.

El gobernador Alejandro Armenta, frente a la indignación social, decidió recurrir a una vieja receta política: culpar a la víctima.

“Hay que cuidar de quién nos hacemos pareja”, dijo, como si la vida de Betsaida dependiera de su prudencia en escoger, y no de un Estado que no puede garantizar condiciones mínimas de seguridad, justicia y prevención.

Lo grave no es solo la frase desafortunada, sino que revela una estrategia de evasión.

Ese “cuídense ustedes” no es un exabrupto personal, es la narrativa preferida de gobiernos de todos los signos y colores cuando no quieren asumir responsabilidad. Convertir la violencia en asunto privado, en mala elección de amistades o exceso de alcohol, no solo desplaza la culpa hacia las víctimas, sino que absuelve al Estado de su fracaso estructural.

Lo advirtió con claridad la Universidad Iberoamericana Puebla: estos discursos apelan a estereotipos que normalizan la violencia y justifican indirectamente los feminicidios. Nombrar el problema como “decisión individual” desarma cualquier exigencia de políticas públicas. Porque si todo depende de “con quién convives” o “cuánto tomas”, ¿qué lugar tiene la obligación estatal de garantizar seguridad, educación con perspectiva de género, protocolos de atención temprana o investigación eficiente?

El discurso oficial es cómodo porque es reactivo: aparece después del crimen, cuando lo único que queda es administrar la indignación social.

Lo que no vemos es un planteamiento proactivo que construya entornos seguros antes de que otra mujer sea asesinada.

Lo que no se genera son mecanismos de prevención en escuelas, barrios y comunidades, ni redes sólidas de apoyo psicosocial para quienes viven violencia cotidiana.

El mensaje que hoy necesitamos no es “cuídense ustedes”, sino “vamos a cuidarles desde la responsabilidad pública que juramos ejercer”. Eso implica reconocer que la violencia de género es estructural, que no se combate con declaraciones de ocasión y que se requieren protocolos integrales, políticas educativas de prevención y una justicia que funcione.

El gobernador habló de cuidar amistades y parejas. Lo que la sociedad exige es que el Estado cuide su palabra, deje de revictimizar y actúe con la urgencia que la crisis demanda, porque mientras el poder se esconde en discursos culpabilizadores, la violencia sigue avanzando y la vida de las mujeres sigue siendo la moneda de cambio de esa irresponsabilidad política.

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